Historia del Movimiento Obrero

Introducción

   Lo que se ha dado en llamar «movimiento obrero» es, en verdad, una superestructura de la división de la sociedad en clases. En un momento dado, cuando se produce el divorcio entre el trabajador y los instrumentos de producción, aquél no tiene más que su fuerza de trabajo que tiene que vender al propietario de los medios de producción, llamado capitalista.

  Ese hombre que vende su fuerza de trabajo por un salario y al que ya no pertenecerán los bienes por él producidos, es el obrero en el estricto sentido de la palabra. Este fenómeno se produce de modos diversos y a través de movimientos históricos complicados: la acumulación primitiva del capital, el desposeimiento de campesinos de tierras que laboraban, el paso del taller artesano a la gran manufactura, etc. Al cabo del proceso histórico en que se van separando trabajador e instrumentos de producción, aparece con perfil definido la clase obrera. El desarrollo de las fuerzas de producción, los progresos científicos y técnicos, el comercio colonial en gran escala, etc., han constituido el motor propulsor de esa transformación.

  Se es obrero o se pertenece a la clase obrera por razones objetivas independientes de la voluntad del sujeto, incluso sin que éste tenga conciencia de ese fenómeno. Así hay un primer período en que va apareciendo la clase obrera sin que exista movimiento obrero; éste es necesariamente un fenómeno posterior que se produce cuando tiene lugar el despertar de la conciencia de clase: el obrero adquiere conciencia de su condición social, lo que lleva implícita la exigencia de actuar solidariamente con los otros obreros, habida cuenta de que la producción es un fenómeno social y no individual. Surge entonces la acción unida de obreros agrupados por su pertenencia al mismo taller o fábrica, o al mismo oficio, o a la misma localidad, etc. Hay un primer momento en que la acción unida no supone todavía la idea de asociación: ya hay huelgas en España en el siglo XVIII, pero la asociación de obreros no aparecerá hasta bien entrado el siglo XIX. Un acto de rebeldía (por ejemplo, la quema de una fábrica de Barcelona) precede también, naturalmente, al acto reflexivo y continuado de la asociación. Todo acto en que el obrero interviene en calidad de tal, aunque sea esporádico, ya constituye un ejemplo de «movimiento obrero»; sin embargo, se entiende más comúnmente por éste la asociación de obreros con fines profesionales -sindicales y también políticos-, pero condicionada o matizada por su naturaleza obrera: partidos políticos obreros, o llamados así.

  Pero sería grave error no estudiar esas formas orgánicas en una perspectiva dinámica, esto es en movimiento, en acción. Para decirlo de modo más preciso, no basta con estudiar las formas de agrupación de la clase obrera o del conjunto salarial, sino que es preciso conocer su vida, su acción: asambleas y congresos, decisiones importantes de sus órganos directivos, prensa, diversas manifestaciones de propaganda, huelgas, acciones frente al Poder o de participación en el Poder; todo ello forma parte de la historia del movimiento obrero. Por el contrario, hay que deslindar de nuestro objeto de trabajo el estudio de las ideas -políticas, económicas, filosóficas- que inciden en el movimiento obrero. Sin duda, podemos y debemos mencionarlas en este o aquel momento de la historia, pero en modo alguno entregarnos a una exposición sistemática de las mismas.El estudio del movimiento obrero, que comprende el de todas esas asociaciones, uniones permanentes o momentáneas, partidos, etc., así como sus actividades, decisiones y -vida de relación- se extiende, naturalmente, a los obreros agrícolas, ya sean éstos peones, jornaleros, trabajadores fijos o eventuales, etc. En los tiempos modernos se consideran dentro del movimiento obrero (aunque en puridad se trate de trabajadores asalariados, pero no de obreros) los mismos hechos y fenómenos relativos a empleados (Banca, Comercio y otros servicios), la mayor parte de los funcionarios, etc. Todos ellos se integran dentro de lo que se llama hoy el «conjunto salarial», y vende su fuerza de trabajo mediante la realización de servicios a cambio de un salario. En nuestros días, todos los trabajadores tienen la posibilidad de pertenecer a organizaciones sindicales, que se articulan o se integran dentro de las más vastas federaciones que, en su conjunto, constituyen el llamado movimiento obrero.

  Como hemos apuntado, el movimiento obrero reviste, por lo general, formas más orgánicas; ello supone la existencia de una morfología del mismo.

    El movimiento obrero es una realidad que se basa en el hecho de la existencia de la clase obrera dentro de la población activa, así como de otras capas sociales que forman parte también de la población asalariada. Como parte del hecho de la agrupación de los hombres por razones del movimiento obrero no puede suponerse separada del conocimiento de la producción, de algunos aspectos de la circulación, del estado económico, en suma, del país, en un mismo período de tiempo. Fenómenos económicos como la relación entre salarios y precios, el nivel de vida, la distribución de la renta nacional, etc., son esenciales para la comprensión del movimiento obrero.

            De lo dicho se desprende que solamente puede hablarse de historia del movimiento obrero cuando el género de producción capitalista -que es el que crea la clase obrera- se ha desarrollado en un país. Aplicando esta noción a España se comprende que el fenómeno sólo puede darse en la segunda mitad del siglo XVIII, sobre todo para Cataluña. Y hay que llegar al segundo tercio del siglo XIX para que el hecho tenga peso en la vida del país.

   El siglo XVI fue decisivo para el porvenir de España durante varias centurias. El Estado moderno, creado por los Reyes Católicos, tendía a transformase en potencia hegemónica en Europa, y en la primera de carácter colonial de los tiempos modernos, en los tiempos de Carlos I y Felipe II. Pero aun durante el reinado de este último, a fines del siglo, resulta evidente que el proyecto «imperial» de la monarquía española no pudo vencer en Europa el desarrollo de los Estados nacionales. En cuanto a la vasta empresa colonial derivada del descubrimiento de América, llevaba en sí al mismo tiempo el apogeo y los gérmenes de su decadencia, una serie de contradicciones internas que habían de convertir aquella colonización en una especie de «regalo envenenado» de la historia para España. La colonización fue de hecho el centro de gravedad de la política y la economía españolas durante más de dos siglos. Pero, realizada por una sociedad en la que dominaban los rasgos feudales, por un Estado en poder de unas clases feudales, por unos hombres que vivían aún en el marco de las categorías ideológicas de la Edad Media, iba a constituir, a la larga, un fracaso para España, o más exactamente, para sus clases dominantes.

  Pierre Vilar ha señalado certeramente ese fenómeno, explicando que se trataba de la crisis del «imperialismo español» en cuanto tenía de «feudal». La conquista se convirtió en un asunto «de los hidalgos de Extremadura, de los ganaderos de la Mesta, de los administradores sevillanos». Como no existía mentalidad capitalista ni una clase burguesa con sentido empresarial y fuerza suficientes, los beneficios obtenidos no se invirtieron sino que se despilfarraron.

  El siglo XVI contempló un ascenso demográfico que se trocó en un descenso en las postrimeras del mismo, o sea, algo más de once millones de habitantes en 1600. Hacia América no debieron ir mucho más de 200.000 individuos, aunque todos pertenecientes a la población activa.

  España era un país agrario, pero con la primacía de los grandes señores ganaderos, agrupados en la Mesta, a costa de la agricultura. España tuvo una economía en que predominaba el pastoreo, ocupación que exige muy poca mano de obra. La política de aventuras europeas llevada a cabo por la dinastía de los Austrias cuadró bien con esta estructura: tenía soldados para sus tercios, subsidios a cambio de los privilegios que otorgaba a la Mesta, y préstamos de los grandes negociantes centro-europeos o de las repúblicas italianas, a las cuales esta política económica favorecía su penetración en la Península. No obstante, los rebaños de la Mesta disminuyeron en proporción alarmante durante la segunda mitad del siglo, probablemente a causa de la coyuntura de alza que obstaculizó las exportaciones de lana.

  La nobleza poseía la mayor parte del suelo, seguida de la Iglesia. Los derechos feudales, aunque sin desaparecer enteramente, se veían completados o sustituidos por el sistema de arrendamientos, mientras que en el sur de España las grandes explotaciones de olivos y vid propiciaban el latifundio explotado directamente por el señor, empezando así la retribución por salario o «jornal», aunque generalmente pagado en especies y no en dinero.

  En la segunda mitad del siglo, la producción agraria decreció y el área de cultivo se redujo, coincidiendo con un fenómeno de absentismo de la mano de obra en el campo (Vicens Vives estimaba que una tercera parte de las tierras de labor dejó de cultivarse). La tasación del precio del trigo, a partir de 1539, agravó considerablemente la situación de la producción agrícola.

  Un fenómeno interesante, que a nosotros nos cumple tan sólo reseñar, es que el desarrollo de una burguesía industrial que marchaba por buena vía a comienzos del siglo XVI -por consiguiente, sin relación con la colonización americana- se quebró a fines del siglo. La coyuntura inflacionista a partir de 1560 dio al traste, principalmente, con las empresas castellanas y andaluzas. La periferia parece ser que sufrió menos las consecuencias de la situación, sobre todo Cataluña, que tenía una burguesía más desarrolla­da y se centraba principalmente en la economía comercial del Mediterráneo.

  La industria textil lanera adquirió importancia -pese a la política económica orientada a la exportación de la lana en bruto- en Segovia, Toledo, Cuenca y Córdoba; la sedera de Toledo, Granada y Valencia, y eran también importantes las industrias de curtidos. De la minería sólo se extraía hierro de Vizcaya, donde también prosperaban las forjas.

  El comercio se polariza en Bilbao y Sevilla; el privilegio del puerto de ésta para la navegación con América cobró con el tiempo una importancia decisiva para mantener la primacía de esta plaza comercial frente a la competición creciente del puerto de Cádiz.

  En suma, aquella sociedad de hombres del campo que vivían pobremente, de unas decenas de millares de artesanos en las ciudades, tenía un bajo porcentaje de población activa y un exceso de mano de obra que se traducía en emigración hacia la aventura colonial, alistamiento en los tercios, engrosamiento de las cohortes de «pícaros», vagabundos, mendigos y demás aficionados a sustentarse de la sopa boba de los conventos o de cualquier expediente azaroso y ajeno a la producción. La nobleza terrateniente, los grandes comerciantes de la periferia (escasos, bien es verdad) y el alto clero obtenían rentas cuantiosísimas. El resto de los españoles vivía miserablemente, incluso esa pequeña nobleza de los hidalgos rurales, de la cual es un ejemplo la figura de Don Quijote. La disminución de cosechas, el alza extraordinaria de los precios en la segunda mitad del siglo aumentaron la miseria general.

  En esta estructura social se desarrollaron -como subraya Núñez de Are­nas- los gremios con singular exuberancia. En Burgos, Toledo, Zaragoza, Barcelona, etc., florecían gremios de oficios que hasta entonces no habían plasmado en esta forma de asociación, sobre todo en relación con el incremento de la primera mitad del siglo, creándose también en ciudades menos importantes. Sabido es que el ordenancismo gremial tuvo un carácter defensivo y, con ese fin, limitativo de la producción, a la que puso numerosas trabas. La depresión iniciada a fines del siglo se agravó en el siguiente y aumentó esos reflejos defensivos, al mismo tiempo que despertó la hostilidad anti-gremial entre los núcleos sociales que representaban a la burguesía incipiente, partidaria de un desarrollo económico sin trabas.

  La subida astronómica de los precios en un país que no supo «capitalizar» la afluencia de metales preciosos, sino que frustró una eventual revolución burguesa, afirmando en cambio las estructuras y la mentalidad de la aristocracia medieval, incidió gravemente en el nivel de vida y en la falta de trabajo. El hambre se hizo endémica en vastos sectores sociales y, por último, la peste fue una calamidad nacional.

  El caos económico y la pobreza alcanzaron su grado máximo en el siglo XVII, en paradójico contraste con la posesión del primer imperio colonial existente. El descenso demográfico fue aterrador. Aunque faltan datos precisos, se calcula en sólo seis millones la población que tenía España en 1700. Para tratar de explicarse este fenómeno hay que tener en cuenta, además de las pestes de 1600 y de la creciente miseria, la expulsión de los moriscos en 1609. Hubo territorios, como el reino de Valencia, que perdieron con la expulsión el  por ciento de sus habitantes, porcentaje todavía superior si se calcula sobre la población activa. En total, la expulsión de los moriscos supuso una hemorragia demográfica de casi medio millón de personas. Supuso la caída de la agricultura intensiva mediterránea, problema que vino a sumarse al de la falta de brazos en otras regiones. Añádase que la crisis ganadera fue en aumento y colocó a la Mesta en grave situación, mientras las empresas industriales castellanas eran prácticamente liquidadas a mediados de siglo: ciudades que habían conocido cierto florecimiento económico, como Toledo y Segovia, quedaron literalmente diezmadas.

  Tarea difícil es describir en pocas líneas la catástrofe económica del siglo XVII. Hacia 1630 se produjo una caída vertical de las importaciones de metales americanos y el Estado español llegó al extremo de declararse insolvente en varias ocasiones. Los precios subían, las subsistencias faltaban en un país donde pululaban los pícaros, mendigos, aventureros e hidalgos ociosos imbuidos de la ideología aristocrática que consideraba el trabajo como un deshonor. Hasta el comercio exterior estaba de hecho en manos extranjeras: primero la Liga Hanseática y, después de la paz de Westfalia (1648),los holandeses. Aunque España estuviese en pugna con esos países, así como con Inglaterra, eran precisamente los únicos que tenían una verdadera industria de productos necesarios a las colonias españolas.

  «Sólo los conventos e iglesias -dice Altamira hablando de aquella época- y algunos nobles gozaban de bienestar. Los primeros, por las muchísimas propiedades que habían ido acumulando a su favor y que permanecían amortizadas (fuera del comercio); los segundos, por los mayorazgos, o sea, la perpetuación de las propiedades de la familia, que tampoco se podían vender, en manos de uno solo de los hijos, el primogénito por lo común.»

  Sin embargo, a fines del siglo XVII, se registraron signos de un renacer económico en la periferia catalano-levantina, territorios que, excluidos de los beneficios de la colonización americana de género medieval, habían visto desarrollarse una burguesía autóctona comercial e industrial. Los primeros pasos de la moderna empresa textil catalana se dieron en esa época, y Barcelona era la única plaza comercial que veía aumentar las transacciones en el transcurso del siglo.

  El siglo XVIII se señaló por un neto resurgir de los factores materiales que transformaron la vida española; significó el primer esfuerzo serio de «mo­dernización» de España y trazó los primeros jalones de una coyuntura pre-revolucionaria que más adelante había de quebrarse.

  El primer fenómeno impresionante fue el ascenso demográfico. Jerónimo de Ustáriz estimó en 1724, partiendo de datos de ocho o diez años antes, que la población aproximada de España era de siete millones y medio de habitantes. En fechas posteriores poseemos los censos del conde de Aran­da (1768), del conde de Floridablanca (1787) y de Godoy (1797), que arrojan, respectivamente, un total de 9.300.000, 10.400.000 y 10.500.000 habitantes. Pero es más interesante saber cómo se repartía el aumento de población: ésta duplicó en Aragón, Asturias, Galicia, Andalucía, Murcia y País Vasco, pero triplicó en Valencia y Cataluña. Pese a que la población urbana constituía una mínima parte del total, conviene señalar la forma­ción de algunos núcleos importantes, en primer lugar las ciudades de Ma­drid y Barcelona, que contaban, respectivamente, a fines del siglo XVIII, con 167.000 y 150.000 habitantes. Las seguían en orden Sevilla, Valencia, Granada y Cádiz. Como puede fácilmente colegirse, la región que no logró detener la caída fue la constituida por las dos Castillas: la diferencia entre periferia y promontorio central de ambas mesetas se acusó cada vez más con mayor rigor y acarreó uno de los más violentos desequilibrios de la economía española.

  Valiéndose, con toda clase de reservas, de los censos de fines del siglo, cuya tosquedad es evidente, puede estimarse que la población activa era el 25 por ciento del total, de ellos 1.800.000 formada por labradores y jornaleros de la tierra, y 310.000 por fabricantes y artesanos, clasificacio­nes sin duda heterogéneas y confusas, pues en ellas se mezclan propieta­rios de medios de producción y trabajadores obligados a vender su fuerza de trabajo. Entre la población inactiva se contaban unos 470.000 nobles – menos, no obstante, que a primeros del siglo- y 170.000 miembros Je’ clero.

  El censo de 1787 estableció unas distinciones entre la población activa agraria de bastante interés, a saber: 364.000 propietarios que labraban por sí mismos la tierra, 507.000 arrendatarios y 800.000 jornaleros, estos últimos predominando en el Sur, zona donde más abundaban los latifun­dios.

  Rasgo fundamental de la época fue el desarrollo del comercio en los nú­cleos de la periferia: Cádiz (que perdió el monopolio en 1778), Barcelona, Valencia, pero también las plazas del Norte, como Bilbao y Gijón. Aquél fue el momento en que la burguesía tuvo conciencia de la explotación colonial en sentido económico. En efecto, se formaron entonces las grandes com­pañías coloniales de comercio, comenzando por la Real Compañía Guipuz­coana de Caracas (1728). La dominación de los mercados coloniales era ya un hecho de primer interés que estimulaba el desarrollo industrial y que, sin duda alguna, figura en primer término en el proceso de acumulación primitiva de capital que tuvo lugar por aquella época en España. La apari­ción en Cataluña de la industria textil algodonera está íntimamente rela­cionada con esos fenómenos, así como en el progreso técnico. Tras la bur­guesía comercial apareció la industrial, cuyo símbolo más acusado fue tal vez la Compañía de Hilados de Algodón, creada en 1772 por los fabricantes de «indiana» en Barcelona. Importa saber que la industria textil algodone­ra no estuvo integrada en gremios, sino que sus obreros fueron ya reclu­tados por el sistema moderno de «mercado libre de trabajo».

  Otro aspecto digno de mencionar es la explotación de la hulla asturiana desde 1792 y la instalación en Trubia, dos años después, de los primeros hornos de coque metalúrgico. En cuanto a la producción de hierro era, a fines de siglo, de 45.786 toneladas de mineral y 15.265 de hierro; en el ramo de beneficio trabajaban 13.410 obreros, de los cuales 9.642 en ferre­rías de Vizcaya.

  Los Borbones, que reinaban en España desde el despuntar del siglo, im­pulsaron la creación de manufacturas del Estado que, por lo general, no dieron resultados satisfactorios, excepto en la metalurgia, donde el desa­rrollo se basó en la demanda oficial de armamentos y de pertrechos nava­les. Con todo, unas y otras manufacturas dieron lugar a la concentración de la incipiente clase obrera en empresas.

  Las industrias tradicionales tropezaban con el freno de los gremios para su desarrollo y su producción seguía teniendo preponderantemente un carácter artesano: así vemos que la textil sedera contaba con 8.800 maes­tros y 5.200 obreros; la lanera, con 35.000 maestros y 21.000 obreros; la carpintería, con 25.000 maestros ;~ 5.000 obreros… En el seno de estas empresas se produjo ya la escisión entre el maestro, empresario en cierne, y el obrero, sin esperanzas ya de convertirse en propietario de los medios de producción. En algunos gremios como el de la construcción de Barcelo­na, se registró ya a comienzos del siglo la separación orgánica de clase: gremio de maestros y gremio de obreros albañiles, anuncio de las entida­des de clase de más tarde. Pero los primeros conflictos abiertos de clase estallaron en algunas manufacturas reales por cuestiones relativas al sala­rio y a la jornada de trabajo; la primera huelga tuvo lugar en la manufactu­ra de paños de Guadalajara, en 1730, creada por Alberoni y el barón de Riperdá.

  La política económica de la época se caracterizó también por leves inten­tos de reforma agraria -tendencias, no obstante, más importantes en el orden de las ideas que en el de la legislación- pero como su incidencia en la realidad económico social fue prácticamente nula, no interesan al objeto de nuestro estudio. La inmensa mayoría de la propiedad agraria estaba en manos de la alta nobleza y de la Iglesia. El extraordinario aumento de las rentas agrícolas sobre el de los precios favoreció a los grandes propieta­rios, estimuló la roturación y los primeros ataques a las «manos muertas», bienes «amortizados» o fuera del comercio de la Iglesia y de los munici­pios. Las medidas contra los privilegiados de la Mesta y, sobre todo, la decadencia de hecho de ésta, tuvieron su principal explicación en la nece­sidad económica de llevar a cabo nuevas roturaciones.

  En conclusión, sin que se pueda hablar de revolución industrial en la Es­paña del siglo XVIII, sí podemos afirmar que se crearon las condiciones para un desarrollo ulterior de la producción; se perfilaron las clases que son los ejes de la época industrial-burguesía y proletariado-; se explo­taron, en parte, las colonias en provecho de una gran burguesía comercial y como mercados de productos manufacturados. La estructura social del antiguo régimen se encontraba así quebrantada, aunque todavía no modi­ficada, y las nuevas ideas iban abriéndose paso, sobre todo en las regiones periféricas. No sólo aumentó la población, sino también la población acti­va, y la vieja concepción de que el trabajo «deshonra» fue perdiendo te­rreno; aparecieron, pues, los signos precursores de una nueva época, en medio de la antigua estructura de derechos señoriales, dominio eclesiásti­co, resistencia a desaparecer de la vieja sociedad con su medio millón de personajes que creían tener «sangre azul», sus 140.000 vagabundos, 100.000 contrabandistas, 40.000 mendigos y 22.000 «familiares» de la Inquisición.

  Se acercaba la hora en que la burguesía no iba a contentarse con rupturas aisladas de trabas gremiales como las que tenían lugar a partir de 1780, ni con modestos repartos de tierras concejiles (1766 y 1793). Pronto llegaría el momento en que las exigencias económicas plantearían la cuestión del Poder político. Pero el siglo XIX iba a inaugurarse con la conmoción de la guerra de la Independencia, seguida de la reacción exasperada de las cla­ses aristocrático-feudales y la pérdida de casi todo el imperio colonial. El desarrollo de la clase obrera se iba a producir en condiciones muy diferentes, lo iremos examinando.

M.T.L.

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