Historia del Movimiento Obrero lección Nº2

 La vida de los gremios

 En los escasos trabajos que existen en España relativos a nuestro objeto, se presenta el siglo XIV como época de gran desarrollo del gremio, en la que se desenvuelven las antiguas corporaciones y nacen muchas nuevas; y esa época la caracterizan los autores por la intervención del Estado en la existencia corporativa, ampliando la reglamentación, no sólo a la industria en general, sino también a la vida interna del gremio, publicándose nuevas ordenanzas y siendo confirmadas o reformadas las antiguas.

En el siglo XIV Barcelona alcanzó un movimiento industrial y mercantil que seguramente no tuvo igual en toda España. Eran innumerables los oficios que en ella se cultivaban, y de ellos la mayor parte formaban cor­poración, con autorizada existencia desde el siglo XIII, llegando en el XIV a tenerla 45 gremios, de los cuales lograron sus primeros estatutos los de plateros en 1301, guanteros en 1310; zurradores, pergamineros y curtido­res, en 1311; albañiles, en 1379; arneseros, en 1390, y caldereros en1395.

No todos los oficios tenían su gremio: los había que por su poca importan­cia, la índole de su trabajo o la escasez de su personal probablemente no lo formaron, como los corraleros y los cordeleros de vihuela; los había que, reunidos dos, tres o cuatro, formaban uno, como los zapateros y chapine­ros, a quienes en 1394 se mandan formar, unidos, un mismo cuerpo y una caja común de Cofradía; los tejedores, tintoreros y batidores de algodón; unidos bajo unas mismas Ordenanzas, confirmadas en 1325 por Don Jai­me II,3 y los olleros, farreros y ladrilleros. Pero la relación de su trabajo, que implicaba unión para los efectos de la policía y reglamentación en unos mismos estatutos, no implicaba la necesidad de un solo gremio, pues los hiladores, tejedores, tintoreros y otros artífices de la lana estaban suje­tos a unos mismos estatutos, formando gremios y cofradías separadas. Estas relaciones de los oficios tienen mucha importancia en su historia porque dan lugar, andando el tiempo, a multitud de cuestiones, disensio­nes y pleitos entre ellos, unas veces por reunirse y otras por separarse.

El trabajo está regulado como tal trabajo, y el oficio corporado lo está en seguida como sujeto de la industria, en bien de ésta y del interés general; así es que en este siglo tiene ya bien poco de autónomo bajo ningún res­pecto. Dejando a un lado su personalidad jurídica, al oficio -como ofi­cio- se le somete a una reglamentación prolija, ya de policía para evitar daños a la ciudad, como a los batihojas, herreros y otros de martillo -a quienes no se permite habitar en la plaza del Rey para «quietud y decoro de la Real Capillas»- o ya técnica, para asegurar la bondad de los géneros, fijando las reglas de fabricación, como los reglamentos sacados de la Rú­brica de Ordinaciones, dictando reglas a los fustaneros sobre las mezclas de hilos y largo de las piezas (en 1309), peynes, precios, tasa de jornales, corretajes, compras a extranjeros, pesos, medidas, calidad del lino y algo­dón para hacer lonas de las velas y modo de tejerlas (Ordenanzas de 1319-1320-1321-1395). A los curtidores y pellejeros en 1320-21-22-49­57-72-79 y 93, prohibiéndoles el adobo, uso de ciertos cueros, mezcla de cortezas de encina, roble y lentisco para el adobo, y dando una serie de reglas técnicas sobre el obraje de los cueros. Técnicas son también las disposiciones dadas para los zurradores de pieles en 1311 y 1348; para los alfareros en 1314-20 y 35, y para los sogueros de cáñamo en 1395; y de policía municipal el bando de 1324 prohibiendo los hornos de vidrio en el interior de las ciudades.4

La industria, floreciente ya en el siglo anterior, sigue pujante en el XV; casi todas las grandes capitales son importantes centros de trabajo; pero Bar­celona mantiene la primacía. Sin ninguna alteración de principios, la ley sigue invadiendo el campo de la actividad industrial con objeto de prote­ger el interés público. Durante todo el siglo, los monarcas y las Cortes se ocupan mucho en lo tocante a este orden de la vida, y los Reyes Católicos, en esto -como en la política y en todo- imponen su tendencia unitaria, llegando a producir una legislación verdaderamente abrumadora por lo numerosa, lo variada y lo prolija. Esta mayor intervención del Estado hace que la corporación adquiera por momentos mayor carácter técnico y económico, que crezca en importancia como cuerpo reglamentado de trabajo, y que pierda como cuerpo libre y asociación para fines de otro orden.

Las disposiciones dictadas en este siglo son tan semejantes a las estudiadas por M. Renard, que hace innecesario el detallarlas, y, además, esto nos conduciría a extendernos demasiado. En casi todas las provincias de España hubo corporaciones obreras, y aunque en los trabajos especiales publicados sobre el asunto no se estudian sino las principales regiones industriales, se puede asegurar que, sobre todo en Sevilla, Zaragoza, Sego­via, Toledo, León y Córdoba, a más -naturalmente- de Barcelona, Valencia y Burgos, existió abundante movimiento corporativo.

Pero el gran incremento gremial de todo el siglo XV llega a su apogeo en el reinado de los Reyes Católicos y durante todo el XVI, que es a la vez cuando empieza su decadencia manifiesta. Si ya a mediados del siglo XV es notable el número de oficios corporados y agremiados, al empezar el XVI, y durante el mismo, es asombroso.

En Ávila, Medina del Campo, Segovia y Cuenca, se fabricaban paños y telas de lana, siendo la producción anual de cuatro millones y medio de libras de lana, pudiendo calcularse en 34.000 el número de obreros ocupados en este trabajo. Toledo, Murcia, Jaén, Córdoba y Granada, se dedicaban a la cría y la labor de seda con excelente resultado. De Toledo se cuenta que poseía más de quince mil telares, y aunque esta cifra nos parezca exagerada, es indudable que de los cuarenta o cincuenta mil habitantes que tenía en la época a que nos referimos, más de veinte mil eran obreros.

Sevilla llegó a reunir, ocupadas en el arte mayor de la seda, treinta mil personas, que hacían funcionar un número de telares el cual no bajaría de cinco mil.

¿A qué se debió la rápida decadencia iniciada en las artes mecánicas durante el siglo XVI y que en el siglo XVII se convirtió en completo y lamentable desquiciamiento? A las guerras constantes que sosteníamos en Europa y al descubrimiento del Nuevo Mundo sobre todo.

Los gremios reflejaron perfectamente dicho estado de cosas, disminuyendo en importancia y arrastrando una vida mísera hasta el punto de hallarse sumamente empeñados, los de Barcelona, a mediados del siglo XVII.

La introducción de obreros extranjeros, la disminución del trabajo y las causas generales que influyeron en el resto del mundo hicieron que su decadencia se acentuase.

Algo se levantó la industria con el advenimiento de los Borbones, que procuraron dignificar a los trabajadores y mejorar su posición social, pero de todos modos la miseria del pueblo español era muy grande y difícil de remediar.

Las sociedades económicas prestaron alguna ayuda a la causa popular. La de Madrid fundó escuelas patrióticas gratuitas destinadas a los muchachos pobres, y el Gobierno consignó 400.000 reales para establecer un Monte de Piedad dirigido por la Sociedad, con objeto de suministrar las primeras materias de cáñamo, lana y algodón a las mujeres faltas de recursos, proporcionándoles una ocupación honrosa que las estimulase al trabajo y les permitiera adquirir recursos con qué satisfacer las necesidades más perentorias.

Pero los gremios estaban sujetos a cargas y contribuciones onerosas, y si bien la política de Carlos III estimuló la protección a las clases trabajadoras, éstas -debido a los constantes ahogos y estrecheces que sufrían- no podían llevar a su profesión aquella confianza y energía en el porvenir que es la base más segura de la prosperidad industrial de un pueblo. A fines del siglo XVIII puede calcularse que no pasaba de dos millones el número de trabajadores que se dedicaban en España a las faenas agrícolas e indus­triales. Los obreros manufactureros eran menos de 300.000, distribuidos en la siguiente forma, según una estadística que inserta Garrido en su Historia de las clases trabajadoras:

                             Aragón       39.798                    Murcia       8.954

Asturias        2.503                     Navarra      3.943

Ávila            1.189                     Palencia     5.048

Burgos         9.669                   Salamanca  1.857

Cataluña    26.771                   Segovia    12.249

Córdoba      5.374                   Sevilla       16.530

Cuenca        7.292                   Soria           3.258

Galicia       11.284                  Toledo        –

                                       Granada     11.770                  Toro           –

Guadalajara  1.956                 Valencia     39.202

Guipúzcoa    3.980                 Valladolid    6.579

Jaén             4.478                  Vizcaya       4.040

León            2.359                  Zamora           725

Madrid        1.594                  Mallorca      2.992

Mancha      12.229                  Canarias      5.806

Apenas empezado el siglo XVIII los gremios recibían el golpe de gracia en su vida política: aquella alta representación que ostentaron en el gobierno de la ciudad y que parecía adquirida y sustentada de derecho, estaba llamada a caer a manos de un Monarca, por medio de una simple real Cédula, en aras de la unificación administrativa. Felipe V, en 28 de junio de 1707 acabó con el régimen foral. En Valencia y en Cataluña quedan de hecho excluidos los oficios corporados del gobierno comunal.

En su vida económica sufren un descalabro en las Cortes de Cádiz, que, resumiendo todo el movimiento de las ideas por decreto de 8 de junio de 1813, declaran libre la industria y su ejercicio, «sin necesidad de examen, título o incorporación a los gremios respectivos», y aunque luego hay varias alternativas, según predominan las corrientes tradicionalistas o liberales (en 1815 se restablecen las ordenanzas gremiales, y se amplían sus facultades en 1817 y 1834, pero en 1836 vuelve a estar en vigor el decreto del 13). Finalmente, en 1839 se autorizan las Sociedades de socorros mutuos, y en 1887 se da la ley de Asociaciones vigente.

Los gremios han muerto y han nacido otra clase de organismos: las socie­dades obreras, montepíos y cooperativas primero, sindicatos luego.

En España, la vida interna de los gremios y su importancia social fueron muy semejantes a las de las otras naciones, y así se puede decir que todas las características señaladas por M. Renard son aplicables a nuestra na­ción. Las mismas jerarquías, iguales disposiciones del Poder público, idén­tica intervención en los municipios, y -salvo diferencia de detalles ­igual organización en todo.

Únicamente parece necesario indicar, por ser quizá más desconocido no de los especialistas, pero sí del público en general, que a las causas genera­les de decadencia de los gremios, en España se ha de añadir la influencia de las teorías de lo que un gran pensador llamó «la escuela sociológica española».

Es indudable que la clara y decidida tendencia en pro del derecho al traba­jo (que coartaban los gremios), en pro de la libertad del trabajo (tan mer­mada por las disposiciones corporativas) y hacia un colectivismo, poco en armonía con jerarquías y privilegios, contribuyó a socavar las bases de la corporación.

Hombres de procedencia monástica o aristocrática y hombres de Estado defendieron con calor estas doctrinas, y no solamente en lo referente al problema agrario, en lo relativo al campo, como ha mostrado Costa, sino en lo tocante a la industria, de Vives, Alonso Castrillo, Mariana, hasta el conde de Campomanes, Jovellanos y Ward. Filósofos y estadistas fueron los que llevaron al ánimo de los “hombres de Cádiz” el convencimiento de que se debía libertar la industria. Fue una medida muy avanzada, y – como en todos los países en trance semejante- agriamente censurada por los elementos retrógrados.

Los gobernantes y legisladores liberales mataban el mundo antiguo con las corporaciones; el mundo nuevo había de aparecer con las asociaciones propagadas por los socialistas.

M.Nuñez de  Arenas

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