Contexto económico y social 2019 (parte 2)

(ir a la parte 1)

Globalización, proteccionismo y nacionalismo.

Una de las tendencias internas propias del capitalismo le empujan a la expansión, tanto hacia dentro como hacia fuera. La expansión hacia dentro ocurre cuando conquista nuevos sectores de actividad dentro de sociedades que ya son capitalistas. Esto es lo que ocurre cuando se mercantilizan bienes y servicios que hasta ese momento no se resolvían a través del mercado (p.ej. cuidados a niños, enfermos o ancianos; sanidad o educación públicas…). Pero siendo el capitalismo una versión particular de la economía de mercado, la mera mercantilización no es suficiente: es necesario que esos servicios se satisfagan desde una relación mercantil que, además, genere plusvalía a través de la explotación de trabajo asalariado. Por eso, el proceso no se completa hasta que se sustituye a los taxistas por empleados de Uber, a las tiendas por supermercados, a los dentistas por cadenas o hasta que se gestiona el trabajo doméstico remunerado a través de empresas multiservicios y no como un acuerdo entre dos particulares.

Por su parte, la expansión hacia fuera es la que le lleva a conquistar áreas geográficas donde antes no primaba la producción capitalista. Esto es algo que Marx y Engels ya reflejaron hace 170 años en el Manifiesto Comunista al señalar que

“La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones”. (Marx y Engels, Manifiesto Comunista, 1848)

En el texto que escribimos hace un año vimos las dificultades con las que se topó el capital desde finales de los años 1960 para aumentar el beneficio por medio de sucesivos incrementos en la productividad, algo que había sido relativamente fácil en la reconstrucción posterior a la Segunda Guerra Mundial. También vimos cómo a partir de 1980 tomó cuerpo como alternativa el camino de la expansión a través de varias vías. Lo que a partir de ese momento se popularizó con el nombre de globalización no ha sido otra cosa que una versión acelerada de lo que Marx y Engels habían llamado cosmopolitismo hace ya casi dos siglos. Es decir, de algo que es consustancial al desarrollo capitalista.

A lo largo de tres décadas, más de mil millones de trabajadores de Europa del Este, de Rusia, de China y de la India se han incorporado en diferentes grados al modo de producción capitalista (según la Organización Mundial del Trabajo, solo en los últimos 25 años ha aumentado en 760 millones de personas el número de asalariados en el mundo). Lo han hecho en su doble faceta de productores de plusvalía y de consumidores de bienes y servicios capitalistas. Este proceso ha coincidido en el tiempo con la digitalización de la economía, y resultaría muy difícil -y tal vez estéril- juzgar cuál de los dos factores ha influido más en la recuperación y mantenimiento de la masa de beneficios durante ese período. Su influjo en el crecimiento se prolongó incluso tras la crisis de 2008 en el capitalismo occidental, cuando fueron los países del capitalismo emergente los que consiguieron estirar el crecimiento global casi una década adicional.

La pregunta ahora sería: si la vía de incremento de beneficios a raíz de la reconstrucción de la posguerra mediante mejoras intensivas en la productividad se agotó a finales de los sesenta, ¿se ha agotado ya la vía alternativa que se abrió a partir de la expansión mundial que hemos conocido como globalización?

Y es que no estamos planteando si el capitalismo se torna anti-cosmopolita o anti-global, algo que ya hemos afirmado que iría contra su esencia. Estamos planteando si la vía de la expansión ha topado con sus propios límites momentáneos o ha desatado contradicciones que le hacen perder importancia como recurso de crecimiento adicional.

Pero responder con un sí o un no general significaría simplificar en exceso los distintos procesos que han convergido en estas últimas décadas bajo el paraguas de la globalización y que presentan orígenes, intereses y conflictos diversos. Hagamos una enumeración muy superficial de los mismos para ver que hay posibles trayectorias de evolución, de agotamiento o de choque.

• La Unión Europea no es una mera zona de libre mercado formada por países independientes. Es en realidad una unión efectiva de capitales que necesitan un paraguas más amplio que el Estado-nación para alcanzar la fuerza que les permita seguir compitiendo con otros bloques.
• Los países emergentes no son en ningún sentido un bloque homogéneo que vaya a evolucionar como un conjunto. Muchos de ellos no han sido más que el destino de lucrativas inversiones temporales -más o menos especulativas- que no dejarán a su paso más que deuda y super-explotación. Otros, los pertenecientes al este de Europa, actúan como zona de producción europea barata para capitales de la Unión Europea y de Norteamérica.
• Sin embargo, algunos países del bloque emergente tienen el tamaño, los recursos y la determinación -ya sea por parte de su burguesía o de una burocracia- para optar a ser potencias en un mundo más multipolar. Son los casos contados de Rusia y, especialmente, China. Sería incluso discutible si la India puede llegar a reunir estas características.
• Por último, los antiguos núcleos de poder capitalista intentan jugar de nuevo en este fin de ciclo sus bazas imperialistas. En ningún caso desean desarbolar el mercado mundial, aunque es sabido que solo los grandes se arrogan la potestad de decretar la sacralización del libre mercado o la tolerancia del proteccionismo según convenga a sus propios intereses. Los Estados Unidos intentan imponer reglas asimétricas a su favor usando un menguante -aunque impresionante- poder económico y su incontestable poder militar. Mientras, una parte de la burguesía del Reino Unido intenta reemplazar su integración en la Unión Europea por un mero acuerdo preferencial -libre de compromisos no deseados- a la vez que se esfuerza en reforzar su papel internacional como plaza privilegiada de intercambios financieros.

Antes de repasar alguno de estos casos particulares por separado, no debemos olvidar que este complejo de intereses multipolares son extensiones de un mismo capital, lo cual se refleja en datos. Entre 1990 y 2006 la proporción de todos los activos mundiales en manos de capitales extranjeros casi se ha triplicado: de ser el 9% de todos los activos ha pasado a ser el 26%. Así, el porcentaje en posesión de extranjeros de los bonos de multinacionales pasó del 7% al 21%, el porcentaje de bonos de deuda estatal pasó del 11% al 31% y el de acciones de multinacionales saltó del 9% al 27%. Y estos datos no quieren decir que todos esos activos en manos extranjeras se hayan concentrado en un país: si en 1980 los capitales norteamericanos controlaban el 28% de los activos globales extranjeros, hoy tienen en su poder “solo” el 18%. Es decir, hay una parte considerable de la globalización que ya no se puede deshacer porque el capital ha desbordado las fronteras nacionales.

Pero, por otro lado, la competencia por unos beneficios en retroceso ha ido carcomiendo el marco en el que hasta hace poco podían ganar todos, terminando con la facilidad con la que se alcanzaban acuerdos internacionales y ha comenzado a dificultar la circulación de mercancías. También esto se ve en los datos: la proporción de crecimiento de las exportaciones respecto al crecimiento del Producto Bruto global ha descendido en los dos últimos años por debajo del peldaño que ya bajó cuando comenzó el estancamiento.

En cualquier caso, este menor interés por la integración no quiere decir que hayan perdido su utilidad para el capital todos los tipos de vínculos que se han extendido durante estas más de tres décadas.

Un caso paradigmático es la Unión Europea. Se ha hablado muy a menudo en los últimos diez años sobre la posibilidad de que la crisis actual termine en su desmembramiento. Sin embargo, esta idea está basada en una simplificación que hace de las leyes de la Unión una construcción artificial fruto de voluntades pasajeras y no una necesidad inexorable del capital europeo en el mundo actual. Si la Unión Europea desapareciera, los países que la integran necesitarían volver a reconstruirla al menos en sus tres cuartas partes. Partiendo de que los capitales nacionales europeos tienen aspiraciones globales, ninguno de los marcos nacionales -ni siquiera Alemania- es lo suficientemente grande para proporcionarles la base de respaldo suficiente: el capital necesita acumularse para poder afrontar el nivel de inversión que la competencia de otros bloques económicos le enfrenta, necesita un mercado propio a su medida, necesita contar con regulaciones comunes para no perder beneficios en adaptaciones locales, necesita flexibilidad en el acceso a la fuerza de trabajo, necesita el respaldo de unas instituciones con la autoridad internacional adecuada, necesita el desmantelamiento de las legislaciones garantistas nacionales, etc. La Unión Europea es, así y ante todo, un producto a la medida de las necesidades del capital. Como tal, está inevitablemente enfrentado a los intereses de los trabajadores. Y, también como tal pero en segunda instancia, alberga en su interior la competencia entre capitales con intereses a veces enfrentados.

Si en el resto de países europeos las ventajas expuestas en el párrafo anterior superan ampliamente las tensiones nacionales entre competidores, en el caso británico se suman a estas últimas ciertas características singulares, históricas y materiales, que pueden llevar a la ruptura. La presión interior de parte de su capital para permanecer en la Unión Europea es enorme, y a pocos días de la fecha de salida aún puede llegar a forzar la situación hasta provocar un nuevo referéndum en el que se corrija la decisión del anterior. Pero si esto no ocurre, el acuerdo -o no acuerdo en caso de Brexit duro- de salida de la Unión Europea será solo la mitad del camino. Quedarán por delante dos años más de negociaciones en los que el Reino Unido y la Unión Europea concretarán las condiciones de su nueva relación bilateral. Sin que las reglas de esta relación futura estén claras, los capitalistas no se atreverán a hacer grandes inversiones en el Reino Unido. En los dos años que han pasado desde que tuvo lugar el referéndum, la economía británica es una de la que menos ha crecido en Europa y su sector industrial prácticamente se ha estancado, una situación que se mantendrá -con pocos empresarios dispuestos a invertir- mientras no se conozca la futura relación que ligará a las islas con el continente.

¿Por qué se ha embarcado entonces el Reino Unido en este desgaste que pocas naciones hubieran soportado? Las razones últimas no son realmente convincentes, como se ve en las dudas que genera incluso en las propias filas de los partidos que negocian la salida. Pero no se pueden comprender sin tener en cuenta su pasado imperialista. El Reino Unido está acostumbrado a alternar sin complejos entre el proteccionismo y el liberalismo, imponiendo sus intereses a otros. Es una prerrogativa que tienen las grandes potencias, algo de lo que está por ver cuánto le queda. Según esa lógica, cuando mi capital es el más productivo y sus mercancías se defienden solas por su calidad y su precio, presiono al resto de naciones para imponer el libre mercado, donde sé que saldré ganando. Pero si mi capital tiene problemas de productividad para competir con capitales extranjeros, pongo tasas de entrada a los productos del exterior, subvenciono a los capitales locales y sobreexploto a la clase trabajadora para que produzca más por menos. Se ha comentado mucho que los sectores agrícola y pesquero británicos están presionando por la salida de la UE para quedarse en exclusiva con su mercado interno, algo por otro lado muy habitual en otros países europeos. Lo que es menos conocido es que, exceptuando al uno por ciento superior de las empresas británicas -las más grandes e innovadoras-, el noventa y nueve por ciento restante están a un nivel de productividad sensiblemente inferior al de sus homólogas francesas y alemanas. Se suman así una masa crítica de pequeños propietarios y empresarios del primer sector y de medianas y pequeñas empresas industriales y de servicios que presionan por la vía proteccionista.

El problema es que, para que este sistema proteccionista funcione, el resto del mundo tiene que dejarte exportar con menos restricciones que las que tú les aplicas a ellos. El sistema imperialista clásico contaba con la fuerza de las armas, de las colonias o del volumen de los capitales enfrentados, algo con lo que el Reino Unido actual difícilmente puede contar. Obviamente, la Unión Europea no va a dejar que las mercancías británicas entren en su territorio sin una reciprocidad en las condiciones de exportación en sentido contrario. De ahí la importancia de los nuevos acuerdos de relación bilateral que se comenzarán a negociar a partir de que el Brexit sea efectivo (ya sea el duro o el blando). Pero no se trata solo de los posibles aranceles a las mercancías: en los acuerdos bilaterales se incluyen además muchas clausulas que se asemejan a la actual legislación comunitaria, solo que sin los beneficios de estar dentro para tener voz y voto en su evolución. Por ejemplo, en los acuerdos comerciales que firma la Unión Europea suele constar que los estados firmantes no pueden subvencionar a las empresas exportadoras con dinero público para hacer sus productos artificialmente más competitivos. Una clausula de este tipo dificultaría que el gobierno inglés pudiera aplicar las ventajas empresariales que sus pequeños empresarios están esperando.

De todas formas, los intereses del sector primario y de los pequeños empresarios -comúnmente propensos al proteccionismo- pueden actuar como respaldo que suma fuerzas, pero por sí mismos no pueden forzar a un movimiento del calibre del Brexit en un país capitalista moderno. Para algo así es necesario el beneplácito del gran capital. Aquí es donde entran ciertos factores singulares que operan en el caso de Reino Unido. Por un lado tenemos la situación de la City de Londres como centro de intercambios financieros internacionales, algo que no se espera que se vea afectado por el brexit. Pero sobre todo nos referimos a su relación especial con los Estados Unidos y con los países que conforman la Commonwealth. Posiblemente la intención sea potenciar los acuerdos con estas naciones e intentar conformar un área económica en la que el poder de negociación británico sea superior al que detenta en la Unión Europea, donde Alemania y Francia son contrapesos muy poderosos. La postura de Donald Trump fomentando la ruptura puede hacer pensar que ya hay planes de acción post-brexit. En cualquier caso, en un mundo con intereses crecientemente enfrentados, depender de la lealtad de determinados socios puede ser una apuesta realmente arriesgada.

En cualquier caso, si dejábamos claro que la Unión Europea es un producto del capital, en ningún caso queremos dar a entender que esta marcha atrás al reloj de la historia en busca de un pasado glorioso se haga en beneficio de la clase obrera. Los trabajadores británicos se han dejado liar en medio de dos tipos de capitales que luchan por cómo gestionar un capitalismo con beneficios esquivos. Solo con el paso del tiempo descubrirán que nadie estaba pensando en salvaguardar sus intereses. El hecho de tener una moneda y un Banco Central propio no ha jugado hasta ahora en su favor, algo que contradice las recetas de los keynesianos que están contra el euro y a favor de una supuesta soberanía monetaria. Es más, hasta ahora esta situación ha jugado en su contra, debido a la debilidad de la libra y la inflación que ha producido. La devaluación competitiva ha provocado que en los diez últimos años sus salarios reales se encuentren entre los cuatro que más han bajado en Europa, ligeramente por detrás de los españoles, y solamente mejor que Italia y Grecia. Sus servicios públicos han empeorado, no por el uso que hayan hecho de ellos los inmigrantes, sino porque la crisis capitalista ha hecho que descienda el gasto público. Con o sin Brexit, nadie en la arena política británica cuestiona las reglas capitalistas, y estas marcan que la posible recuperación de la productividad se basará en la bajada de salarios directos e indirectos.

El caso de los Estados Unidos es muy distinto. A pesar de la pérdida de importancia económica relativa que este país viene registrando desde los años setenta, no hay duda sobre su posición como primera potencia económica. El volumen de su capital acumulado, su nivel de productividad o de consumo, el número y la extensión de sus corporaciones, su control de organismos internacionales clave, el poder de su moneda, su capacidad militar, etc., le garantizan este puesto. Como cualquier país que ostente o dispute esta posición, debe desarrollar su faceta imperialista para facilitar a su capital las fuentes de recursos y las zonas de expansión necesarias para seguir creciendo. A los gobiernos de los Estados Unidos nunca les ha temblado la mano para imponer sus intereses aplicando el nivel de fuerza que consideren necesario.

Tal y como estamos repitiendo en toda esta sección, la situación de beneficios insuficientes para repartir entre los distintos bloques, hace que aquellos que tengan la fuerza necesaria prefieran cambiar el escenario previo de acuerdos internacionales en los que todos los capitalistas podían ganar por otro en el que priman las posiciones de ventaja que cada parte pueda imponer. Este es el papel que ha adoptado Donald Trump con el plan al que ha dado el significativo título de “América Primero”. No es que haya cerrado las fronteras de su país al comercio mundial, sino que está aplicando la presión que cree necesaria para forzar la renegociación a su favor de los acuerdos bilaterales de su país con el resto de grandes bloques económicos. Lo ha hecho con el NAFTA, que regula los importantes flujos comerciales (incluidos los de producción en el exterior) con México y Canadá. Lo está haciendo ahora con la Unión Europea, donde toda la oposición que recibió el TTIP hace pocos años, puede venirse abajo en el nuevo acuerdo que se está negociando a marchas forzadas bajo la amenaza de la imposición de tarifas a la importación. Lo está haciendo con China, con la que se espera una mesa de negociaciones en la primera mitad de 2019. También están teniendo su fruto las constantes presiones de Trump a sus “aliados” para que aumenten el gasto militar, fijando él mismo el porcentaje del PIB que éste debería suponer: un 2%. El gobierno progre de Pedro Sánchez ya ha atendido solícitamente la exigencia del presidente norteamericano, elevando el techo de gasto militar hasta los 7.300 millones de euros hasta 2032. El anuncio ha coincidido con la visita de la subsecretaria de estado norteamericana Julie Fisher para Europa, que ha mantenido reuniones en los ministerios españoles de defensa y exteriores.

En este escenario, la credibilidad de la amenaza es fundamental. Trump tiene que comenzar aplicando tarifas o restricciones para la exportación a los Estados Unidos. Solo desde esa posición de daño a los intereses empresariales en el bloque contrario puede forzar a la otra parte a abrir una negociación en la que esta tenga que renunciar a parte de sus ventajas. En el proceso se asume el casi seguro daño colateral al crecimiento mundial, que en estos momentos de estancamiento no está para soportar restricciones añadidas al comercio. En cualquier caso, la búsqueda de un beneficio propio a costa de un daño ajeno no es exclusivo de Trump o de los republicanos. El presidente Barack Obama y su Secretaria de Estado Hillary Clinton no tuvieron reparos cuando desestabilizaron grandes zonas del norte de África y Oriente Medio, dando alas al terrorismo del ISIS, para favorecer los intereses de Estados Unidos en Libia o en Siria. Tampoco es esta una manera de actuar exclusiva de los norteamericanos. La Unión Europea, guardiana de los valores europeos (signifique esto lo que signifique), no duda en participar en estas aventuras imperialistas como segundo de a bordo o de protagonizar las suyas propias en los países de su zona de influencia.

En lo que sí miente Trump es al afirmar que este proteccionismo de los intereses de las corporaciones norteamericanas vaya a suponer un beneficio para los trabajadores de su país. Las empresas están recibiendo una mayor protección de su Gobierno en forma de ventajas fiscales, de blindaje de los derechos de propiedad intelectual y a través de su aislamiento de la competencia de otros capitales. Pero esas ventajas no son más que un añadido frente a sus competidores de otros países; en ningún caso van a anular el hecho de que el beneficio en sí no puede provenir más que de la plusvalía extraída a los trabajadores. Así, los beneficios fiscales a empresas reducen el gasto público con el que se podrían financiar programas sociales, sanitarios y educativos; los derechos de propiedad intelectual son perfectamente compatibles con el traslado de los centros de desarrollo de software a lugares tan remotos (y baratos) como India o Serbia; y, en general, proteger a las multinacionales de la competencia en ventas en su país de origen no tiene nada que ver con que trasladen sus factorías de vuelta a él. Todo el proteccionismo del mundo no serviría para nada si las empresas tuvieran que pagar salarios más altos que los de sus competidoras extranjeras con igual nivel de productividad: sus mercancías serían más caras y, por lo tanto, menos competitivas en el mercado mundial. El proteccionismo se enfrenta así con la limitación de que no puede ofrecer a sus trabajadores una mejora de las condiciones laborales. Es decir, la “protección” no les incluye a ellos.

Y es que confundir el proteccionismo con ventajas para los trabajadores locales es un error muy común… y actualmente muy fomentado. Hemos visto cómo la extensión y la interconexión de los mercados fue utilizada como herramienta de crecimiento tras la crisis de los setenta. Ahora, tras la crisis mundial de 2008 y toda una década de estancamiento, la percepción de los trabajadores apaleados es que han sido las políticas globalizadoras de estos más de treinta años las que les han traído estas desgracias. La falta de una explicación coherente desde las que dicen ser sus organizaciones, hace que los efectos aparezcan a sus ojos como causas. Ante la perspectiva de una nueva crisis, el capital se enfrenta a dos objetivos contradictorios: por un lado tiene que evitar que la situación estalle, y por otro, aplicar todavía más explotación. Nada mejor que utilizar a su conveniencia las falsas apariencias fomentadas en la fase anterior y darles la vuelta para hacer pasar el fracaso del capitalismo por un error de políticas. Se crea así un discurso demagógico con el que: a) se transmite que se ha caído en la cuenta de que el marco globalizador era malo y se ha rectificado, b) se da a pensar que el nuevo marco que se está construyendo deja sitio para los intereses de los trabajadores y, c) se justifica, aún así, una nueva vuelta de tuerca a la sobre-explotación y al autoritarismo necesario para aplicarla, ahora desde una perspectiva de superación nacional.

Se consigue así crear un único discurso que da cobertura a los dos elementos necesarios para un momento de crisis como el actual. Por un lado el de la competencia entre capitalistas por un beneficio insuficiente para todos y, por otro lado, el de la desactivación de la lucha de clases, enrolando a los trabajadores en un aparente interés común con su burguesía local. Este discurso ha ido ganando posiciones en todo el espectro político. Arrancó inicialmente en formaciones de extrema derecha, que han ido creciendo lentamente incluso en países desarrollados. Pero según las tensiones entre capitales y la necesidad de controlar a los trabajadores aumentan, se ha convertido en un mensaje general de la derecha. Finalmente, ha comenzado a calar entre pequeños sectores de la izquierda, confundido con la anti-globalización y el soberanismo.

Aún es muy pronto para que podamos juzgar a este discurso por sus resultados. En el Reino Unido aún está por ver si se afianzará, en Estados Unidos, Italia o Brasil es pronto para hacer patentes sus contradicciones a ojos de los trabajadores.

Quizás, el único país donde se puede ver este proceso funcionando en una forma más acabada sea Hungría. Su líder, Viktor Orbán, se hizo conocido internacionalmente por su violento rechazo al paso de inmigrantes hacia Centroeuropa en su huida de Siria en 2015. Su agresivo discurso anti-inmigración se ha convertido en santo y seña de su Gobierno de coalición de extrema derecha desde su llegada al poder en 2010. Pero, aparte de esa postura demagógica, ¿se puede calificar a Hungría de país proteccionista?, ¿repercute esto en una mejora de las condiciones laborales de los trabajadores húngaros? La realidad es que su economía ha basado todo su crecimiento en la instalación dentro de sus fronteras de empresas extranjeras en busca de sus bajos salarios. A falta de inmigrantes, los trabajadores nacionales deben asumir ellos solos toda la sobre-explotación que hace atractivo al país para el capital extranjero. Su salario medio por hora es el más bajo entre sus países vecinos, por debajo de la mitad del español y cuatro veces por debajo del alemán. Dado que el desempleo no llega al 4%, la única manera de explotar más a los trabajadores solo puede pasar por hacerles trabajar más horas. Dicho y hecho: si hasta hace unos meses los empresarios podían exigir de forma legal a sus empleados hasta 250 horas extra anuales, una ley aprobada en diciembre subió este límite hasta las 400 horas extra, lo que equivale más o menos a trabajar un día extra cada semana. Y no solo esto, sino que el empresario puede postergar el pago de esas horas extra hasta tres años. La reforma laboral no viene sola: para poder controlar el posible incremento de la conflictividad social, se instauran unos tribunales administrativos, ajenos al poder judicial, que gestionarán todo lo relativo a protestas públicas entre otros asuntos sensibles. Eso es lo que pueden esperar los trabajadores cuando “les protegen”.

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Hemos visto cómo lo que hemos conocido como globalización no es más que una versión acelerada de la tendencia a la expansión que es consustancial al capitalismo. Durante más de treinta años, este mecanismo ha hecho aportes fundamentales a la recuperación de los beneficios tras la crisis de los setenta: ha concentrado capitales, les ha dado zonas de respaldo más grandes y poderosas, ha extendido sustancialmente el mercado en número de productores y consumidores, y ha domesticado a la clase trabajadora occidental al diluirla en la clase obrera global. A partir de la crisis de 2008, se ha puesto de manifiesto que este mecanismo ha perdido la efectividad extraordinaria con la que impulsaba la economía en las últimas décadas. Enfrentados de nuevo con la escasez de beneficios, los capitalistas que pueden adoptar una posición de fuerza -o que creen poder hacerlo-, retornan a la competencia a cara de perro: proteccionismo, nacionalismo, etc.

Al concluir el primer bloque nos quejábamos de cómo las izquierdas asumen el papel de salvadoras del capitalismo, empeñadas en plantear fórmulas que, supuestamente, lo pueden hacer compatible con los intereses “generales”. En estos planteamientos el capitalismo no presenta problemas intrínsecos, sino que estos aparecen a raíz de intervenciones equivocadas o egoístas desde fuera: el neoliberalismo, la financiarización, etc.

En el aspecto que nos ocupa ahora ocurre lo mismo. Las izquierdas también toman partido en los bandos del proteccionismo y del libre mercado, como si alguno de ellos supusiera una ventaja para los trabajadores. Por una parte, las izquierdas social-liberales asumieron con convicción la causa de la globalización como medio de reactivar los beneficios tras la crisis de los setenta. Para no hacer mención al libre mercado, que era la base material del proceso, han ido construyendo toda una serie de conceptos con reminiscencias positivas, tales como la multi-culturalidad, la colaboración entre los pueblos, la construcción europea, etc. El agotamiento de este ciclo y la profunda crisis en la que ha derivado, ha sembrado la desilusión entre la clase trabajadora y la pequeña burguesía desposeída. Esto ha sido aprovechado por la extrema derecha para lanzar un ataque contra esos conceptos-pantalla, una vez que, vacíos de base material, aparecen más huecos que nunca. Mediante una crítica a la palabrería inventada por esta izquierda pueden aparentar una denuncia de los perniciosos efectos de la globalización sin poner en cuestión sus fundamentos reales.

Mientras tanto, la otra parte de las izquierdas, las que en su día fueron críticas con la globalización, asisten atónitas al espectáculo de una extrema derecha que revive en medio de la crisis utilizando una denuncia que fue suya y que había caído en el olvido en los momentos de crecimiento económico. En la confusión ideológica reinante, estas izquierdas se repliegan ahora hacia un discurso nacionalista-soberanista, que se complementa a la perfección con el de las burguesías que se sienten perdedoras en un mundo global en crisis en el que no tienen fuerza suficiente para asegurarse beneficios.

Es el caso del laborismo británico, que mantiene como argumento público principal de apoyo al Brexit la supuesta soberanía que trae aparejada, y que les capacitaría -según ellos- para llevar a cabo una política de inversiones públicas que no sería aceptable en el marco de la Unión Europea. No explican los laboristas (ni tienen posibilidad ni intención de explicarlo) cuál sería el alcance real de esa soberanía y de su proteccionismo en el marco de un capitalismo global. Como ilustración de esta contradicción, resultaría incluso divertido -si no fuera por el drama del desempleo que conlleva- la situación creada por el empresario James Dyson, el famoso fabricante de aspiradoras de origen inglés. Este millonario “Sir” ha sido una de las figuras públicas que más se ha comprometido en la campaña a favor del Brexit. Pues bien, en los días previos a la votación en el Parlamento del acuerdo de ruptura con la Unión Europea, el buen señor anuncia que se lleva su empresa a Singapur, donde además diversificará su negocio hacia la fabricación de coches eléctricos. Al final del comunicado en el que anuncia esta decisión deja una gran lección que la izquierda no quiere aprender: termina afirmando que sigue creyendo en el Brexit, y que su decisión de llevarse su empresa (y los puestos de trabajo) a otro país no está relacionada con él. No es cinismo, es la realidad del capitalismo.

Pero el del laborismo no es el único caso. En Grecia tenemos a Syriza, y su pretensión naif cuando accedió al gobierno de hacer valer los intereses de los griegos sentados a una mesa de negociación frente a las reglas del capitalismo. En Argentina, la izquierda orbita alrededor de la defensa en clave nacionalista de un partido corrupto y ajeno a los intereses de los trabajadores, como es el de Cristina Kirchner. En España tenemos el caso de Anguita, Monereo e Illueca, reivindicando a los que “defienden la soberanía popular y la independencia nacional y apuestan por la protección, la seguridad y el futuro de las clases trabajadoras”. No explica este trío por qué al Reino Unido no le ha servido el control de su propia moneda para evitar la década de recesión que comparten con el resto de países europeos. En la misma linea de fervor nacional, Pablo Iglesias pone nuestro futuro en manos de “los empresarios patrióticos” frente a la trama del Ibex 35 controlada por BlackRock.

Para resituarnos en un punto de vista de clase, volvemos a acudir a un texto de Engels de 1847, entonces todavía un joven, pero ya capaz de discernir con claridad lo que nuestros progres, con toda sus politología encima, son incapaces de asimilar casi dos siglos después:

“Existe, sin embargo, junto a la burguesía, una considerable masa de personas llamadas proletarios -las clases trabajadoras y no propietarias-.

“Por lo tanto, una pregunta se alza: ¿qué gana esta clase con la introducción de un sistema proteccionista? ¿Van a recibir más salario, se van a alimentar y vestir mejor, van a vivir en casas más saludables, se van a poder permitir más tiempo para el disfrute y la educación y más medios para la crianza más acertada y cuidadosa de sus hijos?

“A los señores de la burguesía que abogan por un sistema proteccionista nunca se les olvida poner por delante el bienestar de la clase trabajadora. A juzgar por sus palabras, una vida verdaderamente paradisíaca va a comenzar para los trabajadores con el proteccionismo aplicado a la industria […] Pero escuchad del otro lado a los hombres del libre comercio, y solo bajo su sistema podrán los desposeídos vivir como reyes […] En ambos bandos existen mentes limitadas que creen más o menos en lo que dicen. Pero los inteligentes de entre ellos saben muy bien que todo esto es una vana ilusión […]

“No hace falta recordar a los burgueses inteligentes que, ya sea bajo tarifas proteccionistas, el libre comercio o una mezcla de los dos, el trabajador no va a recibir mayor salario que para satisfacer su mera subsistencia. De una parte o de otra, el trabajador obtendrá exactamente lo que precisa para seguir rindiendo como una máquina.” (Friedrich Engels, Protective tariffs or free trade system, 1847)

Si la expansión continua (globalización, cosmopolitismo, etc.) es una característica inherente al capitalismo, la táctica proteccionista o libre-mercantil es una conveniencia pasajera de un capital concreto en un momento dado. El paso primero e imprescindible para que el capital invertido obtenga una ganancia es la generación de plusvalía mediante la explotación de trabajo asalariado. Solo después de existir esa plusvalía podemos hablar de cómo se reparte en forma de ganancia entre los diversos capitalistas. La contradicción primaria es, pues, entre el capital y el trabajo. Y en ese punto, como señala Engels, el interés de cualquier capitalista es aumentar la explotación al máximo. Asociar el interés de los trabajadores al momento siguiente, al de ver cuánta plusvalía cae del lado de cada capital, no es sino una variante del error reformista que ya criticamos en el primer apartado: el de querer arreglar en la distribución lo que se ha perdido en la producción. Quizás en este caso con más delito, pues se crea la ilusión de que el trabajador tiene un interés común con su explotador local.

Marx y Engels identificaron unas reglas de funcionamiento en el capitalismo. No en el capitalismo de Gran Bretaña o de 1860, sino en el capitalismo como sistema basado en la explotación del trabajo asalariado. Muchos contrastamos esas reglas con la realidad que nos rodea hoy día y constatamos su validez. Pero Marx y Engels hicieron algo más que poner por escrito esas reglas: desarrollaron su discurso y sus acciones de manera consecuente con ellas. Por eso tuvo todo el sentido fundar una Asociación Internacional de Trabajadores. Hoy día podría antojarse como un intento visionario de hace siglo y medio, pero si de verdad mantenemos que el capitalismo responde a las reglas que expusieron Marx y Engels, era la única forma consecuente de actuar. No hay otra alternativa que la superación del capitalismo, que por su carácter expansionista no puede ser aislado. El enfrentamiento es de clase contra clase y, por lo tanto, ajeno a fronteras nacionales. El planteamiento no puede ser sino internacionalista.

Después vino el pacto de la Social Democracia alemana con su Estado, y más tarde la ruptura definitiva del internacionalismo ante la Primera Guerra Mundial. Si se seguía citando El Capital, era meramente para extraer frases célebres o para arroparse con su prestigio; tras ese gesto, todo se podía retorcer a gusto del orador. Lo que eran reglas explicativas de funcionamiento del capitalismo pasaron a ser presentadas como teorías más o menos acertadas referentes a 1860. La acción se desconectó del análisis. Desde entonces, en el imaginario de los trabajadores ha pesado más la defensa de unos supuestos intereses comunes con la burguesía local que la conciencia internacionalista de intereses comunes de clase con el trabajador del otro lado de la frontera. Incluso la mayoría de las organizaciones que se declaran comunistas revolucionarias no pueden escapar a esta linea de pensamiento.

Mientras tanto, el capital no ha cesado de evolucionar. No porque se reúnan y tracen planes a no sé cuantos años vista (que también lo harán) sino porque no pueden evitar seguir esas reglas que mueven su sistema y que escapan a su control. El capital ha tenido que superar los límites nacionales en los que se incubó y ha dado el salto a otros niveles. Con todas sus contradicciones, sin duda, pero lo ha hecho. Así, cuando el nivel del estado-nación se les quedó corto en el Viejo Continente, construyeron la Europa del Capital.

Los trabajadores acompañamos al capital en este viaje, pero no hemos evolucionado nuestra conciencia ni nuestro ámbito de lucha en el mismo sentido. Trabajamos en empresas que sirven al mercado europeo o mundial, compramos nuestros alimentos en cadenas de alimentación francesas o alemanas, nuestros artículos de consumo a través de webs con domicilio fiscal en Irlanda, nos los traen a casa empresas de paquetería mundiales, nuestros compañeros de trabajo son del este de Europa, de América Latina o de África, etc. Las leyes que en su día nos protegían han sido abandonadas -cada día más menguadas- al nivel nacional, mientras que las leyes que sirven de respaldo al capital -y que contradicen las anteriores- se deciden en instituciones europeas o mundiales. En ningún caso podemos menospreciar la lucha del aquí y ahora: si no damos esa pelea lo vamos perdiendo todo. Pero es inevitable expandir el ámbito de la lucha allí donde juega el capital, pues, sin ese movimiento, la realidad que sustentaba el antiguo aquí y ahora habrá desaparecido bajo nuestro pies. En cualquier caso, para dar la pelea de manera efectiva tanto a un nivel como a otro hay que dar un mismo paso: recuperar el discurso explicativo de clase y actuar, con coherencia, de acuerdo a él.

Autor: duval

(ir a parte 3. La situación en el Estado español)

Fuentes de datos y enlaces de interés (para las tres partes)

· Banco de España; 2018; Boletines económicos 3 y 4/2018.
· eldiario.es; 15/12/2018; Tres años de presupuestos participativos de Carmena: desencanto y frustación en colectivos vecinales.
· eleconomista.es; 13/9/2018; La deuda de Telefónica ya es un 25% mayor de lo que vale en bolsa; Carlos Jaramillo.
· El País; 1/1/2019; El Ibex 35 termina 2018 con una caída anual de casi el 15%, la mayor desde 2010; Cristina Delgado.
· Espacio de Encuentro Comunista; 9/5/2018; El Gobierno busca despedir de la Administración entre 700.000 y 900.000 temporales interinos.; encuentrocomunista.org
· Duval; 5/2/2018; Contexto económico y social 2018; Crónica de clase
· Expansión; 5/2/2019; La CNMC quiere controlar la deuda y el dividendo de las energéticas
· Funcas; 2018; Innovación y competitividad: desafíos para la industria española.
· Haldane, Andrew G.; 2018; The UK’s productivity problem: hub no spokes; Bank of England.
· Instituto Nacional de Estadística; 2006-2018; Encuesta de Población Activa.
· Marx, Karl; 1877; Carta al director de “Otiechéstvennie Zapiski”; Marx desde cero
· Marx, Karl y Engels, Friedrich; 1848; Manifiesto del Partido Comunista.
· Menéndez, Ávaro y Munido, Maristela; 2018; Resultados de las empresas no financieras en 2017 y hasta el tercer trimestre de 2018; Banco de España
· Organización Internacional del Trabajo (OIT); 2018; Global Wage Report 2018/2019.
· Roberts, Michael; 2018; Imperialism, globalization and the profitability of capital; https://rupturemagazine.org/2018/01/25/imperialism-globalization-and-the-profitability-of-capital/

Para comentarios de fondo y de actualidad sobre economía marxista:

Blog de Michael Roberts (El blog es en inglés. Es frecuente encontrar traducciones de sus artículos en diferentes webs en castellano):
https://thenextrecession.wordpress.com/

Blog de Rolando Astarita:
https://rolandoastarita.blog/

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