Teoría Monetaria Moderna – parte 3: un respaldo al capitalismo

por Michael Roberts.

Tras dos artículos largos (aquí y aquí), y posiblemente complejos, en los que analizaba la Teoría Monetaria Moderna, en este tercer artículo voy a prestar atención a su posible aspecto práctico – en otras palabras, ¿cuáles son las propuestas políticas que los defensores de la TMM piden a los gobiernos que lleven a cabo para tener más empleo y mejores salarios sin provocar inflación?

Desde la Gran Recesión [n.del.tr.: nombre que da Michael Roberts al periodo desde la crisis de 2008], los economistas de izquierda han tratado de refutar las teorías económicas neoliberales dominantes que reclaman presupuestos públicos equilibrados y una reducción de los altos niveles de deuda pública. Las políticas de austeridad que se derivan de los puntos de vista neoliberales han significado el recorte de los beneficios sociales, reducciones en servicios públicos, estancamiento de los salarios reales y un incremento del desempleo. Lógicamente, el movimiento obrero quiere revertir estas políticas que hacen a los trabajadores pagar por el fracaso de los bancos y del capitalismo.

La alternativa típica viene del keynesianismo tradicional, que aboga porque el gasto público (basado en el déficit en los presupuestos anuales) puede disparar la demanda en la economía capitalista y crear empleos e incrementar salarios. Y aquí es donde entra la TMM. Como uno de sus máximos exponentes, Randall Wray afirma que lo que la TMM añade a las políticas de estímulo fiscal keynesianas es que “a un gobierno soberano no le puede faltar su propia moneda”. Dado que el Estado tiene el monopolio de la fijación de la unidad de cuenta (dólares, euros o pesos), puede crear tanto dinero como necesite, distribuir ese dinero a las entidades “no gubernamentales”, y así incrementar la demanda y proporcionar más trabajos e ingresos. Como Stephanie Kelton, otra influyente TMM y consejera de Bernie Sanders, dice: “Al emisor de moneda nunca le puede faltar dinero porque siempre puede imprimir o acuñar más dólares, pesos, rublos, yenes, etc.”.

Así que caer en déficits fiscales estatales (y disparar la deuda del sector público) no es es un problema. Y dado que casi siempre hay desajustes en las economías capitalistas –por ejemplo desempleo y recursos no utilizados–, siempre hay espacio para incrementar la demanda, no solo de forma temporal hasta que el sector capitalista tome el relevo de nuevo (como en las políticas keynesianas), sino permanentemente. Esto suena muy atractivo para el movimiento obrero. He aquí una justificación teórica para el gasto público ilimitado y los déficits presupuestarios que permitan el pleno empleo sin necesidad de meter mano en los espinosos asuntos del sector privado de la economía. Todo lo necesario para políticos y gobiernos es reconocer el sencillo hecho de que el Estado no se puede quedar sin dinero.

La medida política clave que los defensores de la TMM derivan de esta premisa teórica es lo que ellos llaman un trabajo público garantizado. Todo el mundo tendrá un trabajo garantizado si lo quiere o lo necesita; el gobierno les empleará en proyectos; o les pagará para que obtengan un empleo. La mayoría de la gente trabaja en empresas capitalistas o para el estado, pero el desempleo persiste, y puede engullir a una considerable proporción de la fuerza de trabajo. Así que el Estado debe actuar como “empleador de último recurso”. No pretende reemplazar a las empresas capitalistas, sino absorber a aquellos en edad de trabajar que no han conseguido encontrar empleo. Como lo expone Randall Wray: “Yo crearía un programa de reservas de puestos de trabajo”. Podría llamarse un respaldo estatal al capitalismo (por usar le palabra que hoy domina las negociaciones del Brexit entre el Reino Unido y la Unión Europea. [n.del.traductor: se refiere a la palabra “backstock”, que en el contexto de este artículo hemos traducido como “respaldo”).

El economista australiano Bill Mitchell es un exponente destacado de la TMM y ha hecho campaña incansablemente por el trabajo público garantizado. Él lo describe como “un programa de empleo público sin límite de tiempo que ofrece empleos con un salario de subsistencia (mínimo) a cualquiera que quiere trabajar pero no puede encontrar trabajo… Los trabajos del programa Trabajo Garantizado ‘contratarían en condiciones bajas’, en el sentido de que los salarios mínimos no entrarían en competencia con la estructura de salarios del sector mercantil. Al no competir con el mercado privado, el Trabajo Garantizado evitaría las tendencias inflacionistas del viejo keynesianismo, que intentaba mantener la utilización plena de recursos mediante la ‘contratación en condiciones altas’.”.

Garantizar un empleo a todo el mundo suena genial. Pero, aparentemente, no sería un empleo con un salario con el que la gente pudiera vivir. No, sería solo un ‘salario mínimo’ para asegurarse de que “no entraría en competencia con la estructura de salarios del sector mercantil”. En otras palabras, los Amazon y los WalMart, o los establecimientos pequeños de venta al por menor y hostelería, podrían seguir pagando a sus trabajadores sus bajos salarios (en el mínimo o cerca) sin interferencia del Trabajo Garantizado, porque éste pagaría menos aún.

Así que el Trabajo Garantizado actuaría como un respaldo para el sector privado, pero no lo reemplazaría. De nuevo Bill Mitchell: “El Estado operaría una reserva de puestos de trabajo para absorber a aquellos trabajadores incapaces de encontrar empleo en el sector privado. La reserva se expandiría (o se contraería) cuando la actividad en el sector privado bajara (creciera). El Trabajo Garantizado cubriría esta función de absorción para minimizar los costes asociados con el devenir de la economía. De esta manera el Estado absorbería continuamente a los trabajadores desplazados del sector privado. Los trabajadores de esta “reserva de empleos” recibirían una salario mínimo, que definiría un suelo salarial para la economía”.

De alguna manera, me recuerda la idea de la Renta Básica Universal. La RBU también actúa como un respaldo para al capitalismo, proporcionando unos ingresos básicos a la gente, incluso si no trabajan. El Trabajo Garantizado también ofrece un salario mínimo si quieres trabajar. Pero ninguno amenaza o reemplaza en el sector privado la estructura de salarios ni la decisión del capital sobre a quién emplear o bajo qué condiciones. Como dice Michell: “Para evitar alterar la estructura de salarios del sector privado y asegurar que el Trabajo Garantizado es consistente con una inflación estable, es mejor que el nivel de salario del Trabajo Garantizado esté al nivel del salario mínimo.

¿Y qué tipo de trabajos serían? Por definición, no serían trabajos cualificados, ya que el Estado estaría ‘contratando en condiciones bajas’. Pero podrían ser útiles en proyectos sin ánimo de lucro como la construcción de carreteras, puentes, etc.: “muchas actividades socialmente útiles, incluyendo los proyectos de renovación urbana y otros esquemas medioambientales y de construcción (reforestación, estabilización de dunas, control de la erosión en valles fluviales y similares), asistencia personal a jubilados, y otros esquemas comunitarios. Por ejemplo, los artistas creativos podrían contribuir con la educación pública o en actuaciones itinerantes”.

Cuando leo esto, me trae a la memoria el New Deal de Roosevelt de los años 1930. Bajo la Work Progress Administration (WPA, Administración del Progreso del Trabajo) de Roosevelt muchos desempleados fueron puestos a trabajar en un amplio espectro de proyectos de financiación pública: construyendo puentes, aeropuertos, diques, oficinas de correos, hospitales y cientos de miles de millas de carreteras. Todo esto con ingresos muy básicos. ¿Resolvió esto el problema del desempleo masivo durante la Gran Depresión? Bien, en 1933 la tasa de desempleo alcanzaba el 25%; en 1938 era del 19%; así que no fue un gran éxito. Los defensores de la TMM dicen que fue porque no se hizo adecuadamente, ya que Roosevelt trataba de equilibrar los presupuestos públicos, no de incurrir en déficits permanentes.

El programa de Trabajo Garantizado debe proporcionar empleos solo al nivel del salario mínimo. Esto también me trae a la memoria las famosas reformas laborales “Hartz” en la Alemania de principios de los 2000, que crearon programas de trabajo para los desempleados al salario más ínfimo. La tasa de desempleo cayó, pero los salarios reales se congelaron. Mientras el desempleo está al mínimo desde la reunificación de Alemania en 1990, el 9,7% de los alemanes con trabajo todavía viven por debajo del nivel de pobreza – definido como un ingreso de 940€ mensuales o menos. De hecho, el número de trabajadores pobres ha crecido desde el 7,5% en 2006, e incluso sobrepasa la media de la Unión Europea, que está en el 9,5% de acuerdo con los datos de Eurostat.

Salarios reales alemanes y PIB per capita

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Si quieres saber cómo es un empleo al salario mínimo en Alemania, lee aquí.

El otro problema con el gasto público continuo inspirado en la TMM es la inflación. El Estado puede controlar y emitir moneda y a los gobiernos puede no acabárseles nunca, pero el sector capitalista controla la tecnología, las condiciones de trabajo y el nivel de cualificación e intensidad de la fuerza de trabajo. En otras palabras, la productividad del trabajo (valor real) no está bajo el control del Estado con toda su impresión de dólares. Así que una economía está limitada por la productividad y el tamaño de la fuerza de trabajo en situación de pleno empleo. Si el Gobierno sigue inyectando dinero cuando la producción no puede crecer más, se producirá la inflación en el precio de las mercancías y/o la inflación en activos financieros especulativos.

Los defensores de la TMM son conscientes de este problema. Bill Mitchell dice: “cuando el nivel de actividad del sector privado es tal que se forman presiones alcistas en los salarios como precursoras de un episodio inflacionista, el Gobierno puede manipular los parámetros de la política fiscal y monetaria (preferiblemente la política fiscal) para reducir el nivel de demanda del sector privado. En otras palabras, el Gobierno cortará el gasto o elevará los impuestos y/o las tasas de interés a la manera tradicional dominante. Como dice Randall Wray: “La solución es evitar gastar más una vez se ha alcanzado el pleno empleo; y dirigir cuidadosamente el gasto incluso antes del pleno empleo para evitar cuellos de botella”.

Así que estamos de vuelta con la gestión macro tradicional keynesiana, algo que fracasó abismalmente en los 1970, cuando las economías capitalistas experimentaron la estagflación, que consiste en una inflación en ascenso con desempleo simultáneo. La razón de ello fue que la inflación y el empleo no están bajo el control del Estado en una economía capitalista, sino que dependen de la rentabilidad del capital y de las decisiones de inversión de los capitalistas. La TMM solo ofrece un respaldo a la inversión y al empleo capitalista, no una alternativa.

Si hay inflación local que frena las exportaciones de un país, los TMMs proponen dejar flotar la moneda. Así que no hay controles de capital ni interferencias en los mercados de divisas. Randall Wray: “yo dejaría flotar al dólar”. Esto puede estar bien para los Estados Unidos, donde la moneda, el dólar, es la moneda de reserva internacional y debe ser conservada por los demás estados y compañías para hacer negocios. Pero esto no es una solución para economías capitalistas más pequeñas, particularmente para las así llamadas economías emergentes. Si la inflación hace presa porque el Gobierno imprime pesos, liras o bolívares sin control para tratar de mantener el pleno empleo mientras la producción capitalista está colapsando, el resultado será la hiper-inflación. Y si esas divisas flotan sin control, el valor de las monedas se hundirá – como en Turquía, Argentina, Venezuela, etc.

Lo que demuestra esto es que la TMM es sobre todo una teoría orientada a los Estados Unidos o a Australia, con prescripciones políticas que no tienen aplicación viable en la mayoría de economías de forma global – igual que las teorías y políticas keynesianas. El Estado puede controlar la emisión de su moneda, pero no puede controlar su valor relativo frente a otras monedas o al oro, el dinero mundial. Si la confianza en el valor de una moneda se pierde frente a sus tenedores o compradores potenciales, su valor colapsará, disparando la inflación.

Los líderes laboristas se oponen a la austeridad – la política de la ortodoxia. Pero ellos no quieren una política que signifique renunciar a las relaciones económicas capitalistas –eso es demasiado aterrador, arriesgado o no “realista”– así que favorecen políticas que piensan que pueden revertir la austeridad sin poner en peligro el capitalismo –como la financiación del déficit keynesiana. La TMM ofrece una justificación teórica novedosa para la financiación del déficit permanente –el Estado controla el dinero como unidad de cuenta y así no hay límites al gasto público y la deuda pública en ascenso no es nada de temer. La única restricción viene cuando los recursos se agotan y puede venir la inflación. Entonces es el momento de los impuestos.

De esta manera, la TMM actúa como un respaldo al capitalismo –el Estado el el empleador de último recurso pero no el empleador principal. Trata de compensar (de parchear) los fallos de la producción capitalista, no de reemplazarla.

Michael Roberts, 5 de febrero de 2019

Fuente: https://thenextrecession.wordpress.com/2019/02/05/mmt-3-a-backstop-to-capitalism/

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