¿Teletrabajo o digitalización del mercado laboral?

En el confinamiento de la pandemia de coronavirus de 2020 muchos trabajadores se han enfrentado por primera vez a una experiencia de teletrabajo. Aunque en la mayoría de los casos los medios de que dispone su empresa para hacer productivo el trabajo remoto son simplemente inexistentes, el resultado ha sorprendido a muchos trabajadores, que no pensaban que desde casa pudieran trabajar más tiempo y sacar más trabajo que desde su mesa habitual en la sede de la empresa. La experiencia ha sido tan reveladora que estos días han corrido como la pólvora una serie de delirantes teorías de la conspiración que relacionan el origen o la reacción ante el virus con oscuros intereses alrededor del teletrabajo: los de las empresas que venden los medios para trabajar en remoto, los de aquellas empresas que ya estaban preparadas y pretendían cargarse a su competencia, una confabulación de empresarios que han querido forzar a los trabajadores a irse a trabajar a casa para ahorrar en gastos de alquiler y mantenimiento, o incluso un plan del capital contra la organización de los trabajadores para que perdamos nuestros vínculos sociales y sindicales al quedarnos aislados en casa.

No nos vamos a detener aquí en promover o desacreditar planes maquiavélicos, ya lo han hecho otros mejor [1]. Sin embargo, sí que parece el momento oportuno para arrojar más información sobre un tema que se nos quedó pendiente en un artículo anterior. Y es que una cosa es que nos parezca ridículo que el capitalismo cree una pandemia para imponer determinadas prácticas laborales (como si lo necesitara), y otra cosa es no darnos cuenta de que la crisis que va a suceder a la enfermedad, así como el temor a otra situación similar, va a suponer la justificación ideal para cambios legislativos y sociales de calado. Solo un infeliz puede pensar que esos cambios vayan a ir por la línea de darnos más servicios públicos y subirnos el sueldo. Todo lo contrario, ahora lo que la lógica del capital impone -igual que en 2008- es aumentar la explotación de los trabajadores para que se pueda recuperar la tasa de beneficios que se va a desplomar durante la crisis. Como ya sabrán los lectores de nuestros artículos, el objetivo del modo de producción capitalista es el incremento del capital, lo cual se consigue con una tasa de beneficios positiva y en aumento. La producción de bienes y servicios útiles -o menos útiles- no es más que el soporte necesario para que el capital consiga dicho beneficio mediante la explotación de trabajo asalariado.

Retomamos, pues, un artículo anterior [2], en el que hicimos un análisis detallado de cómo las nuevas posibilidades de la automatización potenciada con la inteligencia artificial podían afectar a la clase trabajadora. En ese momento explicamos cómo el peligro era a la vez más cercano, mucho más complejo y, a la vez, menos futurista de lo que parece cuando hablamos de robots, un término asociado en nuestra mente a la ciencia ficción. En aquel artículo explicamos (y criticamos) las propuestas que los grupos de presión y los portavoces del capital realizan a los gobiernos con el supuesto objetivo de contrarrestar los problemas provocados por la extensión de la automatización. Una de las propuestas que expusimos quedó un tanto misteriosa:

    1. Dar carta de naturaleza a las empresas de contratación de trabajadores autónomos por Internet.

Y un poco más adelante en el texto realizábamos el siguiente comentario, con el que dejábamos aparcada la explicación:

Alguien habrá podido observar que en un artículo sobre cambio tecnológico y trabajo asalariado se hace poca mención a empresas como Uber, Deliveroo, etc. La realidad es que estas empresas no son sino la punta de lanza de un intento de cambio en la legislación laboral que va a afectar a sectores y profesiones que no imaginamos. Esto tiene que ver con el tercer punto de la lista y, por su importancia, hemos preferido un artículo independiente en el futuro.

Pues bien, este es el artículo que prometimos en aquel momento. Vamos a intentar explicar de forma muy gráfica qué tipo de cambios se están proponiendo en la legislación laboral, cómo estos cambios vienen propiciados por cambios tecnológicos pero, a la vez, por qué se corresponden más con un cambio social que con un cambio tecnológico.

Qué es la digitalización

Digitalizar una cosa o un proceso significa convertirla en datos que se pueden tratar y guardar como ceros y unos. Por ejemplo, cuando la música que escuchábamos en casa no era digital, todos los sonidos que componían una pieza musical debían convertirse al formato concreto con el que su productor nos lo quería hacer llegar. Podían estar en los surcos de un disco de vinilo, en los cachitos de hierro y cromo de una cinta de casete, o en las ondas de radio. Cada uno de estos formatos tenía distintas calidades y capacidades, se deterioraban al interactuar con su entorno (la calidad del sonido se veía afectada con la vida y avatares del medio que los contenía o transportaba) y cada vez que se pasaba de un formato a otro se perdía calidad. Por el contrario, cuando una pieza musical se digitaliza, se convierte en una secuencia de ceros y unos determinada, y esa secuencia no hay que cambiarla a no ser que tengamos un interés especial en ello. La misma combinación de ceros y unos en la que el autor grabó la canción original puede reproducirse en un CD, en un pincho USB en el ordenador de casa o en un enlace que selecciono en el móvil. La combinación de ceros y unos no cambia con el tiempo, la puedo transmitir sin ninguna alteración y puede ir cobrando nueva vida según aparezcan sistemas más perfectos que todavía no se han inventado.

Bueno, hasta ahora esto parece fácil. Con lo que hemos explicado es sencillo entender qué significa digitalizar una cosa. El ejemplo que hemos visto se puede aplicar por igual a la música, a una película, a un libro o a una declaración de la renta. Pero al comenzar esta sección nos hemos referido a la posibilidad de digitalizar una cosa o un proceso. ¿A qué nos estábamos refiriendo al hablar de digitalizar un proceso?

Sigamos con el ejemplo de la música para ver dónde nos lleva. Hasta ahora hemos hablado de aspectos técnicos relacionados con los actos de guardar, transmitir y reproducir la música digitalmente. Pero si nos fijamos en el mundo que nos rodea, la digitalización de la música ha revolucionado totalmente la forma en la que ésta se produce y se comercializa. Han desaparecido en un alto porcentaje las fábricas y los trabajadores que antes producían los soportes en los que ésta nos llegaba -discos de vinilo, cintas de casete e incluso formatos digitales físicos como los CDs-. Ya no existen la mayoría de los distribuidores que antes comercializaban los discos en soportes físicos: grandes cadenas de ventas de música, así como los dependientes y autónomos que vivían de este comercio. Ello no quiere decir que haya desaparecido la música como mercancía, sino que la mercancía música se ha integrado en otros modelos de negocio. Así, los reproductores de música digital han quedado reducidos para muchos consumidores a componentes electrónicos o aplicaciones de móviles, tabletas u ordenadores. Por su parte, los distribuidores de música han digitalizado sus tiendas. Ha desaparecido el concepto del Long Play como obra, y se venden las canciones sueltas o al peso, en tarifa plana a través de planes de suscripción de Apple o de Spotify. Los propios productores de música, los autores e intérpretes, ven revolucionado el modo de buscarse el sustento: lo barato que le supone a la industria promocionar una nueva obra digital, hace que ahora los intérpretes -en muchos casos chavales mediocres- sean encumbrados y despeñados en un año, el tiempo necesario para que nunca decaiga la necesidad de mantenerse suscrito a una plataforma digital de música, en busca del ídolo adolescente de la temporada.

Las ventajas de la digitalización para el capital

Como podemos ver, la digitalización no termina en el momento en que convertimos una cosa en unos y ceros. En realidad, eso solo es el principio. El objeto digitalizado adquiere la capacidad de desplazarse por canales digitales. Da lugar, pues, a procesos digitales que transforman por completo las posibilidades de lo que se puede hacer, de lo rápido y fácil que se puede hacer y de lo que cuesta hacerlo.

La digitalización tiene unas importantes repercusiones en los beneficios del capital. Es posible que el capitalista que comienza a invertir en un servicio digitalizado tenga que realizar una inversión alta en equipos informáticos y redes de comunicación, así como en un equipo de profesionales técnicos altamente cualificados. Pero lo importante es que la facilidad con la que el producto o el servicio llegan a miles de millones de personas en lugares remotos hacen que la inversión inicial se difumine ante la ampliación del mercado potencial y los bajos costes de cada copia o ejecución. Es decir, da lugar a que el proceso productivo “Capital inicial → Producción → Capital final ampliado” se agilice y a que la diferencia entre el capital final y el inicial (el beneficio) aumente.

De esta manera vemos cómo aparecen (aparentemente) de la nada empresas que ofrecen variantes digitalizadas de productos y servicios de toda la vida, que compiten con los productores tradicionales, y a la larga los hacen desaparecer. Es lo que hemos podido ver con la música, el cine, la fotografía, los libros o la prensa, pero también con la venta de viajes y productos vacacionales o con la misma banca. En realidad, la digitalización se ha infiltrado en decenas de sectores desconocidos para el gran público, ya que no pertenecen al ámbito del consumo, pero que mueven miles de millones en servicios a empresas y Estados.

La barrera de los derechos laborales

Ahora sabemos lo suficiente para poder dar un salto más.

Una vez que la empresa ha digitalizado sus productos y/o sus procesos, a la empresa le es técnicamente indiferente dónde estén los trabajadores, o al menos parte de ellos. La empresa tiene los medios de producción digitalizados. Ello implica, entre otras cosas, que el proceso digitalizado es capaz de proveer al trabajador con nuevas tareas que realizar, registra su actividad mientras las lleva a cabo, su ritmo de trabajo, sus pausas, la tasa de éxito y la calidad en la resolución de las tareas, la valoración del cliente interno o externo, etc. Tal y como explicábamos en el artículo anterior cuando hablamos de la automatización, la “maquina” -en este caso una máquina digital- es la que marca el ritmo, y el trabajador no es más que un apéndice que debe completar las tareas que le corresponden. Para medir la productividad que se espera de él no es necesario que se encuentre en un edificio de la empresa, ni siquiera tiene que estar en el mismo país o continente. De esta manera, el proceso digitalizado asume simultáneamente las funciones de la cadena de montaje y las de la persona que intentaba optimizarla con un cronómetro en la mano, con la diferencia de que ahora esta “cadena de montaje” se aplica a oficios intelectuales.

Y de la misma manera que la cadena de montaje solo exigía a cada trabajador hacer una tarea constante, simple y documentada, el proceso digital se orienta a requerir tareas estandarizadas que pueda ejecutar cualquier trabajador con una formación concreta. A esta facilidad para reemplazar al trabajador ayudan tanto el establecimiento de estándares internacionales como la progresiva disminución del número de herramientas a aprender conforme el mercado madura. Por eso los planes de estudios se hacen más cortos y se centran en capacidades cada vez más simples y concretas.

Llegamos así a una situación en la que la fuerza de trabajo podría ser utilizada de forma totalmente elástica. Por un lado, porque no interfieren barreras geográficas para contratar o ubicar a los posibles trabajadores. Pero también porque se podría prescindir de cualquiera de ellos cuando flojee el trabajo, teniendo la tranquilidad de que se podrá encontrar fácilmente a otro con la misma cualificación para esa tarea en cuanto se vuelva a necesitar mano de obra.

Si los empresarios no pueden hacer esto hoy día es porque las protecciones laborales que se establecieron en momentos de un mayor equilibrio de fuerzas entre el capital y el trabajo, estorban ahora para contratar y despedir a los trabajadores con la flexibilidad que los nuevos medios de producción permitirían. De esta manera se establece una contradicción entre las posibilidades técnicas de optimización de costes laborales que brindan las nuevas tecnologías y la forma presente de las relaciones sociales, establecida en leyes y regulaciones sociales y laborales que impiden lo que para el capital sería una optimización.

Es en este punto de bloqueo donde el capital decide utilizar a la propia tecnología como justificación para exigir la supresión de esas regulaciones que le molestan. Unas regulaciones que desde el punto de vista opuesto, desde el lado del trabajo, se entienden y se viven como garantías.

La lucha ha empezado con una apariencia engañosa. El primer frente de batalla se ha abierto en un sector novedoso, nacido directamente en una precariedad que roza la alegalidad y con un nivel de cualificación bajo. Nos referimos al sector de las empresas de reparto tipo Deliveroo, Glovo, Uber eats, etc. Esta mezcla desconcertante ha hecho pensar a la clase trabajadora en general que las condiciones de trabajo en estas empresas no son extrapolables a otras ramas de la producción.

La digitalización del propio mercado laboral

En realidad, aunque la clase trabajadora no sea plenamente consciente, las condiciones están dadas para que cientos de miles de trabajadores de cuello blanco (informáticos, abogados, médicos, contables, sociólogos, operadores telefónicos, diseñadores, profesores y formadores, ingenieros, etc.) pasen a trabajar en condiciones formalmente similares a las que sufren los repartidores de Glovo. Las empresas consultoras, los grupos de presión o los grupos de expertos llevan ya años remitiendo a los gobiernos nacionales y de la Unión Europea unas recomendaciones muy agresivas sobre cómo articular esta revolución en las condiciones laborales.

Para hacer más tangible al lector no técnico lo ambicioso del proyecto desregulador en su conjunto, vamos a suponer que las medidas que el capital está solicitando ahora se hubieran puesto ya en práctica. Bajo este supuesto vamos a ver la experiencia laboral de una trabajadora de nuevo cuño. Aunque los detalles concretos están “novelados”, todo el escenario expuesto recoge recomendaciones reales que se están haciendo hoy día. Luego lo comprobaremos.

Carmen tiene 23 años. Ha estudiado FP de contabilidad de empresas. Posteriormente se pagó de su bolsillo un curso de especialización en uno de los tres sistemas de gestión de contabilidad en la nube que lideran el mercado. Preparada con esa titulación se dio de alta en una de las Plataformas de Gestión de Recursos Laborales Online más conocidas. Con la cuota anual que paga a la plataforma, ésta le gestiona su currículum, le asesora acerca de lo que busca el mercado en cada momento, incluye su perfil en la base de datos de asignación de trabajos y le gestiona los trámites electrónicos cada vez que una empresa requiere sus servicios. Carmen no es una empleada de la Plataforma, a ellos les gusta utilizar el término “asociada”. En realidad, Carmen es una de los cientos de miles de trabajadores discontinuos online que hay en el país desde hace años.

Hoy hace dos días que no le entra ningún trabajo, pero se acerca el fin del mes de marzo y sabe que van a empezar a llegar las declaraciones trimestrales. Algunas le llegarán a ella. Efectivamente, a primera hora aparece una notificación en el software de la plataforma. Le han asignado un paquete de treinta y cinco declaraciones que cerrar. La empresa que le ha tocado no le gusta, ya que normalmente estima muy por lo bajo las horas del trabajo a realizar y encima siempre le ponen una valoración mediocre por muy bien que lo haga. Pero no puede rechazarla, ya que sabe que la Plataforma la penalizaría asignándole menos trabajos en el futuro. Echa un vistazo a los datos del encargo y confirma sus sospechas: le han valorado el trabajo en tres días y ahí hay curro para cuatro o cinco. Le va a tocar trabajar doce horas al día para poder cumplir. Resignada, pone una cafetera y se va al rincón de su casa que le sirve de despacho. Entra en el sistema de gestión de contabilidad en la nube e introduce la clave que ha recibido para comenzar a trabajar en el grupo de declaraciones que le han asignado.

Tres días más tarde, después de haber completado la última declaración, ha terminado su trabajo. Pero todavía no va a cobrar. Es necesario que el cliente confirme a la Plataforma que está conforme con el trabajo realizado. Eso ocurre dos días más tarde. Carmen comprueba que le han pagado por los tres días de trabajo y que le han cargado en su “monedero” de la Seguridad Social el micro-pago por ese trabajo. No sabe si esa empresa volverá a requerir sus servicios, pero tampoco le importa; son unos gilipollas. Siempre le ponen una nota de 3 o de 4 sobre 5. Esas notas que ponen las empresas clientes son importantes, pues suben o bajan la valoración media de Carmen dentro de la Plataforma, y ese es uno de los datos que ven otros posibles clientes antes de optar por elegirla a ella. Las empresas clientes realizan tres tipos de valoraciones: la de “dotes sociales”, la de calidad del trabajo y la de velocidad en la ejecución. Carmen sonríe al pensar en su amigo Andrés. No sabe cómo lo hace, pero siempre acaba discutiendo con la empresa que le ha asignado el trabajo, y su valoración de dotes sociales está en el nivel más bajo. Carmen vuelve a ponerse seria cuando piensa que a Andrés le va a costar bastante que le asignen nuevos trabajos. No entiende por qué lo llaman “dotes sociales”; piensa que sería más propio que lo llamaran “conflictividad laboral”, pues eso es lo que de verdad están juzgando las empresas. Pero bueno, ella nunca discute con los clientes, y así consigue mantener un ritmo de entrada de trabajos que le permite pagar el alquiler.

Dos años más tarde Carmen se enfrenta a una decisión difícil. El sistema de gestión de la contabilidad en el que ella está especializada está perdiendo terreno frente a la competencia. Los trabajos más sencillos ya no se pagan bien porque el nuevo software es casi capaz de hacer las declaraciones él solo, y el humano solo tiene que intervenir para confirmar los datos más dudosos. Piensa que debería hacer un curso de formación para subir al nivel de asesor fiscal, pero la decisión es difícil. Para pagar los diez mil euros que cuesta el curso podría coger el dinero de su “mochila austriaca”, ya que la formación laboral es uno de los conceptos para los que se puede utilizar. El problema es que, si después no le entra el nivel de trabajo que ella espera, ya se habría gastado el dinero de la mochila y no tendría derecho a desempleo. Con veinticinco años, a Carmen todavía ni se le pasa por la cabeza el poder sufrir problemas de salud, así que su debate interno está entre la formación que le exigen y la tranquilidad de disponer del colchón del desempleo. ¡Parece mentira que sean otros los que se van a beneficiar de su cualificación y sea ella la que tenga que jugársela a cara o cruz! Si agotara su cuota de desempleo y no le entraran trabajos, solo le quedaría el “seguro de subempleo”, y en ese caso se vería forzada a volver a casa de sus padres o a recurrir a lo que encontrara, pues todo el mundo sabe que con eso no se puede vivir.

Este folletín de andar por casa sobre un futuro no muy remoto no es una colección de desgracias laborales inventadas al azar. Todas las situaciones que se le presentan a la protagonista en su relación laboral se corresponden con medidas de precarización y desmontaje de derechos que están siendo reclamados en estos momentos por los portavoces del capital. Para construir este relato nos hemos basado en las medidas que se demandan en el informe final presentado a la Comisión Europea por el “Grupo de Expertos de Alto Nivel sobre el Impacto de la Transformación Laboral en los Mercados de Trabajo de la Unión Europea” [3].

Veamos uno por uno los conceptos clave en los que se apoya el informe y que hemos incluido en el relato. Lógicamente, en nuestro análisis no utilizaremos la retórica con la que adornan las medidas, sino que intentaremos entenderlas desde un enfoque crítico de clase.

El sistema de trabajo digital de cada sector

Como decíamos antes, el que exista una solución técnica digital (o unas pocas) para que los trabajadores de un sector sean productivos, es una precondición para que ese sector pueda entrar en este proceso. Es más, esa solución técnica debe hacer a los trabajadores que la utilicen al menos tan productivos como lo eran antes de adoptarla. Ya hemos explicado que esta solución que permite el trabajo digital en cada sector equivaldría a su “cadena de montaje” particular. Es decir, no hablamos más que de los medios de producción digitalizados de la industria en cuestión.

También es importante que el número de grandes soluciones que se pueden encontrar en el mercado para un sector concreto sea limitado. Mientras esto no ocurra, es que el sector no está maduro para dar el siguiente salto. Si el número de proveedores de productos incompatibles y que siguen metodologías diversas es alto, no existirá una masa crítica de trabajadores formados en cada una de ellas que pueden ser contratados y despedidos a voluntad. En cualquier caso, esto será una situación temporal: el propio mercado irá cribando las ofertas menos competitivas, y la solución ganadora (o las pocas que sobrevivan) se irá imponiendo hasta que sea fácil encontrar a trabajadores que puedan demostrar su cualificación en ella.

En este apartado no hay nada de ciencia ficción, e incluso hay sectores que ya han alcanzado la madurez a la que nos referimos, como pueden ser la informática, los recursos humanos, los centros de tele-márketing y atención telefónica, etc.

En todo caso, repetimos que esta es la precondición técnica. Por supuesto que estas mismas herramientas podrían ser utilizadas por trabajadores tradicionales dentro de la empresa. Pero una vez están instaladas y la empresa ha integrado su producción en los procesos digitales, se abren multitud de posibilidades hasta ese momento impensables.

Los paquetes de trabajo

Y es que una vez que el trabajo a realizar se puede paquetizar digitalmente y se puede insertar en un proceso digital, a la empresa se le abren miles de puertas para flexibilizar la relación con sus trabajadores. Cada uno de esos paquetes debe contener toda la información para llevar a cabo el trabajo, incluyendo cómo va a interactuar con otros paquetes de trabajo que realizan otros trabajadores para que funcionen en conjunto. El proceso digital coordinará que se despachen en el orden adecuado, llegando cada uno a un trabajador con la cualificación requerida en cuanto quede libre; hará que se reagrupen conforme son procesados; que se ejecuten las validaciones que comprueban la calidad del resultado; que se escalen incidencias cuando haya problemas o retrasos imprevistos, etc.

Alcanzado este punto, el trabajador al que se asigna uno de estos paquetes de trabajo puede estar sentado en la oficina, en la habitación contigua al servidor, o puede estar en su casa a miles de kilómetros de distancia. Si la herramienta y la metodología son lo suficientemente conocidas, se pueden contratar trabajadores de refuerzo cuando hay más trabajo o despedirlos cuando este flojea con la garantía de que será fácil encontrar otros cuando haga falta. Los casos extremos no son más que alternativas igual de viables que el resto: sería posible llevarse todo el trabajo a otro país sin mover los medios de producción o sería posible despedir y contratar a los trabajadores hora por hora según el volumen de paquetes por procesar.

La Plataforma de Gestión de Recursos Laborales Online

Ahora ya estamos preparados para entender qué están pidiendo los grupos de presión del capital y sus equipos de “expertos independientes” con la medida que expusimos en el artículo anterior:

Dar carta de naturaleza a las empresas de contratación de trabajadores autónomos por Internet.

Estas empresas de contratación no son responsables de montar la línea de producción digital de las empresas que las contratan, sino que se da por hecho que esas líneas de producción digitales ya están operativas cuando se requieren sus servicios. Su trabajo consiste en mantener cubiertos en ellas los huecos de personal que exigen las empresas clientes de la manera más óptima para la maximización del beneficio empresarial. Para ellos, la temporalidad debe ser posible incluso tarea por tarea. El objetivo soñado sería que el trabajador pudiera ser contratado para realizar una tarea o un conjunto de tareas y, finalizadas estas, se cortara toda relación o compromiso hasta que la empresa volviera a necesitarle.

Por lo que atañe a su relación con la fuerza de trabajo, estas empresas de contratación están interesadas en tener miles de trabajadores dados de alta en su sistema, todos ellos esperando a que alguna de las empresas cliente tenga una tarea que realizar para ser contratados. Ello no quiere decir que estos trabajadores sean sus empleados, sino simplemente que están registrados en la plataforma. Como a ellos les gusta decir, no son más que usuarios. En virtud de esto, estos trabajadores pueden llegar a ser considerados también como clientes, ya que se les presta “el servicio” de conseguirles trabajos ocasionales, gestionarles el currículum y aconsejarles sobre cómo hacerse más atractivos para los posibles empleadores, ofrecerles cursos formación pagados, tramitar sus papeleos, etc.

Para hacernos una idea, estas empresas no son más que una versión actualizadas de las ETTs, ahora adaptadas a los niveles aún mayores de desregulación que son posibles gracias a la digitalización del trabajo. En realidad, estas empresas de contratación online persiguen la digitalización del propio mercado laboral, encargándose ellas de mantener la oferta de fuerza de trabajo sincronizada hora a hora con la demanda fluctuante de los empresarios.

Todos auto-empleados (la situación antes-conocida-como ser autónomo)

El efecto en la clase trabajadora de esta desregulación provocada por la digitalización del mercado laboral, será que los trabajadores de sectores profesionales cualificados y semi-cualificados se irán convirtiendo progresivamente en autónomos. Perdón, queremos decir “auto-empleados online”, puesto que el término autónomo es cuidadosamente evitado por los promotores de estas medidas para no partir de ataduras previas.

Ahora podemos comprender por qué decíamos que la situación de los trabajadores en empresas como Deliveroo, Glovo, etc., no era más que la punta del iceberg de una tendencia con ambiciones expansionistas. Una tendencia que la clase trabajadora no alcanza a comprender en todo su recorrido. Podemos pensar que la aparición de un pujante sector basado en actividades tan “anacrónicas” como el reparto en bicicleta en pleno siglo XXI ha confundido a la clase trabajadora, y le ha hecho creer que las lamentables condiciones laborales en esos sectores están asociadas a lo arcaico del trabajo. Sin embargo, la presión desreguladora que este tipo de empresas está ejerciendo en las autoridades se escuda en todo lo contrario, en la supuesta ruptura que el uso de la más moderna tecnología justifica respecto a las relaciones laborales tradicionales.

Según ellos, el hecho de que la empresa “solo ponga” la plataforma, y que los trabajadores se den de alta en ella, rompe la relación empresario-asalariado, y los trabajadores pasan a ser usuarios libres e independientes; autónomos que se han apuntado a su plataforma y sobre los que ellos no tienen ninguna responsabilidad.

Las autoridades han jugado hasta ahora un papel muy medido en este tenso escenario. En algunos momentos han dado pequeños respiros a los trabajadores con sentencias que les dan la razón en temas de salud en el trabajo, responsabilidad civil, etc. Pero se han cuidado mucho de no dar la sensación en ningún momento de que puedan llegar a forzar a estas empresas a contratar a los trabajadores como asalariados. En todo momento, los estamentos europeos de más alto nivel han dejado claro que este tipo de empresas que aportan “innovaciones” deben ser protegidas para ver cómo dinamizan el mercado. Hablando en plata, que no pueden dejar que esto sea la jungla, pero que las empresas van a conseguir el grueso de sus intereses.

Si leemos entre líneas -lo cual no resulta muy difícil- la tendencia a seguir por los legisladores parece perfilarse claramente. El modelo propuesto por estas empresas va a ser refrendado y regulado. El referente actual más próximo, el régimen de autónomo, no parece el más adecuado. En los próximos meses veremos cambios en las legislaciones nacionales (Estatuto de los Trabajadores, etc.) para establecer un marco legal que deje las cosas claras en cuanto a derechos y obligaciones sin poner en peligro el plus de beneficios que estas empresas obtienen de la sobre-explotación a través de la desregulación. Es lo que el informe de la Unión Europea denomina como “europeos con empleos no estándar” o “auto-empleados que trabajan para plataformas online”.

Desde este punto de vista, los sectores del reparto y de la economía de los bolos están actuando como punta de lanza para forzar un cambio legislativo a partir del cual se va a generalizar la aplicación del modelo. Una vez la figura legal de contratación quede formalizada, lo que ha sido hasta ahora un modelo de relación laboral reaccionario asociado a un sector de baja cualificación, se va a convertir progresivamente en la relación laboral normalizada de millones de trabajadores de cuello blanco.

La formación como problema de la empresa que asume el empleado

El hecho de que el trabajador deba estar formado en la herramienta que utiliza la empresa cliente no es un problema menor. Hemos visto cómo todo este sistema depende de que los trabajadores estén disponibles masivamente con los conocimientos necesarios para ser productivos en tareas de unas pocas horas. Esto requiere obviamente que los trabajadores no tengan ninguna duda sobre cómo utilizar las herramientas y sobre los procesos estandarizados que deben seguir para llevar a cabo su trabajo.

Hemos visto que en el inicio de la vida laboral esto puede venir dado por un sistema educativo centrado en los grados medios y superiores eminentemente prácticos. Este es el motivo de que las carreras generalistas y de larga duración hayan dejado de ser del interés del capital (y del Estado que le representa) y se haya optado por la multiplicación de estudios atomizados con títulos esperpénticos. La implicación cada vez más palpable de las empresas en los procesos educativos garantizará que los recién diplomados sean fácilmente integrables en los procesos productivos digitales de cada sector.

El problema viene porque la vida laboral de un trabajador se extiende actualmente a lo largo de más de cuatro décadas. En un entorno como el actual, en el que las metodologías pueden cambiar en diez años y las tecnologías en cinco, hacer que la fuerza de trabajo se mantenga al día es una condición imprescindible para que todo este sistema sea viable.

La puesta al día más cotidiana se puede realizar de forma gratuita y aparentemente informal. En Internet se pueden encontrar miles de tutoriales, video-cursos, sitios de preguntas y respuestas entre profesionales, cursos gratuitos, etc. Las propias plataformas de contratación online ofrecen su formación “premium” para sus usuarios de pago o para los trabajadores que en ese momento trabajan para una de sus empresas cliente. Todo está muy bien engrasado para que la nueva clase trabajadora se pueda buscar la vida con relativa autonomía sin detraer beneficios al capital en forma de educación pública financiada con impuestos.

Pero es obvio que a lo largo de cuarenta años se van a producir saltos tecnológicos, legislativos, etc., que van a hacer necesaria una formación más exhaustiva de la que se pueda conseguir informalmente. Si los trabajadores fueran empleados tradicionales, esa formación se podría proporcionar a cargo de la empresa, lo cual garantizaría tener a la fuerza de trabajo al día de los requerimientos del negocio, pero también a costa de un desembolso que reduce los beneficios empresariales.

El nuevo marco de relaciones laborales en ciernes no deja ningún detalle sin analizar, y es obvio que este no es un problema menor para sus portavoces. Dan por hecho que la formación es una obligación particular del “trabajador auto-empleado online”, pero necesitan evitar que la carencia de medios económicos sea un impedimento que deje a la fuerza de trabajo por detrás de las necesidades del capital formativamente hablando.

La solución viene por la vía de los nuevos “beneficios sociales” a la medida de la empresa. En los nuevos marcos laborales propuestos, la formación se encuentra junto al desempleo, las pensiones o la sanidad, en el conjunto de gastos a los que puede acudir cada trabajador particular en su hucha privada de créditos acumulados con cada trabajo realizado. Después veremos qué es la “mochila austriaca”, pero baste señalar ahora que los estrategas de la digitalización del mercado laboral han cargado en ella la responsabilidad de actualizar los conocimientos de la fuerza de trabajo durante su vida laboral.

La dependencia del “me gusta”

Es necesario ser muy metódico en la explicación (y, consecuentemente, muy paciente en la lectura) para que vayamos asimilando cómo todos estos conceptos están interrelacionados. Si no, correríamos el riesgo de pensar que lo aquí expuesto forma parte de un capítulo de “Black mirror”, y no la posible vivencia futura de millones de trabajadores. Por desgracia, no hablamos de futuro, y, mirando alrededor, podremos ver en marcha todos los procesos que estamos describiendo.

La “reputación profesional online” ya es a día de hoy un elemento de medida de lo deseable que es un trabajador. No nos referimos a la reputación que da o que quita el aparecer en un buscador como monitor de los boy scouts o durmiendo borracho en la calle en una foto de Instagram. Nos estamos refiriendo a la reputación profesional conseguida a raíz de que otros trabajadores u otras empresas te hayan dado “me gusta” en base a actividades profesionales realizadas en Internet.

Hoy día son centenares las webs profesionales en las que un trabajador debidamente identificado se pasa su tiempo libre respondiendo a preguntas que hacen otros profesionales o subiendo trabajos prácticos de ejemplo que sirven de guía para el trabajo de otras personas. Estas colaboraciones no se resuelven con un gracias. En la inmensa mayoría de sitios, el profesional es valorado a partir de los que marcan su respuesta como válida o a través de los comentarios a su aportación. El tira y afloja aparentemente ridículo que se establece muchas veces por aceptar la aportación o el comentario como válidos pone de manifiesto que lo que está en juego no es el amor propio, sino la subida o bajada de tu rango en el perfil de “empleabilidad”.

Los beneficios de estandarizar esta práctica para el capital son múltiples. Los trabajadores, en busca de subir su calificación online, ocupan su tiempo libre en aportar trabajo gratis al capital global en forma de ayuda o formación gratuita a otros trabajadores que están trabajando en ese momento. El famoso conocimiento como “bien común” del que tanto hablan los desnortados progres se acaba convirtiendo en “capital fijo colectivo” del que se apropian las empresas a través del incremento de productividad que ejerce sobre sus empleados y de la digitalización de ese conocimiento a través de la inteligencia artificial.

Por otro lado, el sistema de calificación online una vez institucionalizado no deja ser una base de datos compartida por todos los capitalistas sobre la “reputación laboral” de ese trabajador. Es inevitable que en una plataforma de gestión del mercado laboral (en manos privadas, no olvidemos que no son sino ETTs online) la nota y los comentarios que reciba un trabajador contengan matices implícitos o explícitos sobre lo conflictivo que pueda ser como empleado. ¿Puso una denuncia a través de su sindicato? ¿Intentó contactar con otros trabajadores para organizar una acción colectiva? Las mediciones de reputación online tienen ligada de manera indisoluble la cara B de actuar como listas negras en Internet (o de bloquear de raíz cualquier reivindicación por miedo a que lo sean).

Los expertos de la Unión Europea no pasan por alto la importancia de estos sistemas de reputación, y ponen ejemplos como el de LinkedIn para ilustrar cómo los trabajadores “se venden a sí mismos a empleadores potenciales”.

La mochila austriaca

La situación de los auto-empleados online sería totalmente incompatible con la Seguridad Social tal cual la conocemos. Primero porque la inestabilidad laboral intrínseca a su situación no permitiría garantizar que coticen con el volumen y la periodicidad suficientes para mantener el sistema. Pero segundo, y no menos importante, porque el capital no está dispuesto a ahorrar en salarios directos (lo que paga contante y sonante al terminar el mes o entregar el trabajo) si luego tiene que financiar un volumen superior de salarios indirectos en forma de seguro de desempleo para aquellos que están temporalmente sin trabajo.

Afortunadamente para el capital, ya hay una propuesta sobre la mesa en el Estado español que resuelve perfectamente este (su) problema. Es una propuesta que viene amparada nada menos que por el PSOE de Pedro Sánchez, que ha sido comprometida ante Bruselas, y de la que no han dicho esta boca es mía los socios “anti-sistema” de Unidas Podemos. Este no es el lugar para tratar con la profundidad que se merece un tema tan complejo como la mochila austriaca, que así es el nombre que recibe esta propuesta. En un artículo de Eduardo Luque donde hace una buena introducción al tema [4] lo resume así: “Simplificando, es una especie de plan de pensiones privado que acompaña al trabajador a lo largo de su vida laboral. […] La empresa, en vez de pagar el despido, aporta un 1,53 % mensual del salario bruto del trabajador a un fondo de capitalización. Este dinero se acumula independientemente del contrato que se tenga. El trabajador dispone de ese dinero en el momento en que es despedido (y por tanto se elimina la indemnización por despido) o cuando desee crear su propia empresa o dejarlo, llegado el día, para que complemente su pensión de jubilación; incluso se podrá heredar.”

La mochila austriaca no ha nacido relacionada con la digitalización del mercado laboral, es muy anterior. Pero es indudable que su creciente popularidad a nivel europeo no es ajena a las necesidades imperiosas de un capital que necesita reducir el salario en todas sus vertientes para incrementar al máximo los beneficios. Existen distintas variantes de la mochila austriaca según los conceptos que ésta incluya. Normalmente el desempleo y la pensión (ambos salario diferido) son los componentes fijos. En otros casos también se incluye la sanidad. Pero lo novedoso de la propuesta del mercado laboral digitalizado es que incluye también la formación de los trabajadores. Así, cuando explicábamos antes que el trabajador “auto-empleado” necesitaría formación de actualización durante su vida laboral, la propuesta de los expertos en la materia es que pueda utilizar los fondos que tiene almacenados en su mochila para costearse a título personal esa formación que en realidad demandan las empresas de su sector. Lo terrible del tema es que la mochila austriaca no tiene compartimentos, y lo que uses para formación lo pierdes de paro o de pensión, con lo que la vida del trabajador digital se va a convertir en un permanente juego de ruleta rusa en el que cualquier decisión equivocada le deja sin ninguna protección social en el momento más inoportuno.

La Renta Básica, el ingreso mínimo vital o el seguro de subempleo

Teniendo esto en cuenta, los estudiosos del capital no quieren arriesgarse a sufrir un estallido de inestabilidad o incluso violencia social si la situación de desprotección total de cientos de miles de trabajadores auto-empleados se generalizara en un momento dado. Es por ello que la mochila austriaca se está intentando complementar con la versión capitalista-bastarda de un concepto idealista que han publicitado con gran fuerza los progres durante la última década. Al igual que nos pasó al hablar de la mochila austriaca, no vamos a entrar en detalle en lo que realmente es la tan manida propuesta de la Renta Básica. En este texto nos conformamos con enlazar dos artículos muy clarificadores al respecto [5].

La Renta Básica se popularizó bajo la forma utópica de un sector de la progresía que pretendía que el capitalismo pagara a los trabajadores por tocarse los huevos (si esto no es utopía no sé qué lo es). Pero su concreción cuando se habla seriamente de implementarla ya no es tan utópica. La evolución del concepto se puede percibir en los cambios de nombre que va recibiendo la propuesta según se acerca la posibilidad de su puesta en práctica. Ya el propio vicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias se ha referido en abril de 2020 a la posible implantación de un “ingreso mínimo vital” [6]. En la propuesta del grupo de expertos sobre la digitalización del mercado laboral hacen referencia a un “seguro de subempleo”.

En estas versiones más próximas a lo que puede ser una propuesta funcional al capitalismo, este ingreso mínimo vital adquiriría la función de un salvavidas de último recurso para aquellos casos en lo que un trabajador se ha quedado sin trabajo y ha agotado su prestación por desempleo tradicional o su mochila austriaca. Su encaje con la propuesta de mochila austriaca es perfecto: las cuentas del capital cuadrarán cuando la suma de la mochila austriaca y el mínimo vital sea inferior a los actuales gastos en desempleo, pensiones, y ayudas sociales de otra índole que quedan suprimidas. El margen es muy alto para que las cuentas salgan a su favor.

Pero en la mayoría de las propuestas realistas (es decir, pro-capital) sobre la implantación de un mínimo vital hay un factor añadido que potencia los beneficios que rendiría a las empresas un mercado laboral digitalizado. Se trata de la posibilidad de combinar el cobro de ese mínimo vital con el empleo activo. La situación es la siguiente: si el mínimo vital está establecido en 600 euros y mi Plataforma de Trabajo Online solo me ha conseguido este mes encargos por valor de 450 euros, recibiré 150 euros adicionales del mínimo vital, que es la diferencia hasta completar los 600 euros fijados. Obsérvese que este mecanismo es ideal para el capital. Ya no hablamos de salario mínimo, sino de mínimo vital, y el trabajador va a ser retribuido por lo mucho o lo poco que haga falta en ese período, y si lo poco no llega para que se mantenga con vida se le dará la parte que corresponda para completar la miseria que se ha fijado como suelo. Es decir, los empresarios tienen a la clase trabajadora disponible para trabajar lo que haga falta, sin más que costear entre todos un fondo mínimo que impida llegar al hambre. En la propuesta del grupo de expertos de la Comisión Europea no dan puntada sin hilo, e incluso tienen en cuenta que esta simultaneidad en el cobro de prestaciones y seguir trabajando digitalmente también alcance a las pensiones. Es decir, si mi mochila austriaca me ha dejado con una pensión de 650 euros, a lo mejor me conviene seguir aceptado trabajitos online con setenta años, si no quiero malvivir al nivel de la mera subsistencia.

Los micro-pagos a la Seguridad Social y a Hacienda

Vamos a mencionar aquí un detalle menor de la propuesta presentada a la Comisión Europea para que podamos comprobar que no se ha dejado nada al azar.

Según los redactores del informe, el papeleo y la burocracia asociados a las obligaciones de la empresa con la Seguridad Social y las retenciones fiscales serían dos gastos nada desdeñables cuando las Plataformas de Gestión de Recursos Laborales Online tuvieran que tramitar decenas de miles de micro-contratos con sus trabajadores digitales. Por eso la propuesta sugiere que los mecanismos para el pago de impuestos y cotizaciones sociales deberían ser adaptados a los tiempos modernos. E igual que el trabajador sería contratado a través de la Plataforma por un tiempo determinado y sin mayores compromisos futuros, al finalizar el encargo la Plataforma debería tener la facilidad de registrar electrónicamente la operación ante la Seguridad Social y Hacienda y olvidarse de esa contratación definitivamente sin más papeleos ni gestiones posteriores. Eso es hilar fino en el ahorro de costes y la maximización del beneficio.

Conclusiones

Hemos visto en este artículo que la posibilidad práctica del teletrabajo aplicado a un gran porcentaje de las clases trabajadoras no es más que un hito puntual dentro de un complejo proceso de evolución técnica posibilitado por la digitalización. Pensar que todo se va a quedar ahí, que vamos a seguir manteniendo el mismo tipo de relaciones laborales, solo que teletrabjando, no es más que una ilusión. Cualquier análisis que tome el mundo actual como dado, e inserte el teletrabajo como única situación variable, es que no se ha apercibido de todos los cambios que han sido necesarios para permitirlo, ni tiene en cuenta que esos cambios son parte de un proceso que no va a detenerse.

Esto no quiere decir que se vayan a cumplir todas y cada una de las perspectivas que se han abierto ante los ojos del capital y que han puesto sobre la mesa algunos de sus portavoces. Ahora llega el momento en el que comenzarán a enfrentarse los intereses y a medirse las fuerzas de las partes en conflicto. Por un lado las del capital contra las de los trabajadores, ya que cambios del calibre de los propuestos no se implementan sin un nivel de oposición fuerte. Pero también habrá conflicto entre tipos de capitales, ya sea según sus zonas de influencia o sus niveles de productividad. Un gran número de empresas de segunda fila no dispondrán del capital mínimo para adentrarse en estos procesos tecnológicos, y preferirán optar por la sobre-explotación de la vieja escuela mientras van quebrando u ocupan puestos residuales en el mercado global. Para algunos, la renta básica, aunque se llame ingreso mínimo vital, se percibirá como una muestra de debilidad, y pensarán que tienen la fuerza necesaria en su área de influencia para doblegar a los trabajadores sin darles nada a cambio. Es decir, las posibilidades no son certezas, y las combinaciones entre los desarrollos que hemos evaluado -y otros nuevos que aparecerán- dan lugar a una gran variedad de combinaciones. En cualquier caso, y eso es lo importante en lo que nos atañe como trabajadores, estamos obligados a entender la interrelación entre todos estos fenómenos o los acontecimientos nos arrollarán.

En los ámbitos donde la automatización y la digitalización llevan ya años de desarrollo los trabajadores ya han empezado a reaccionar espontáneamente. Si las empresas que gestionan centros de atención telefónica han sido lugares de intensa lucha sindical en los últimos años, Amazon destaca por el carácter internacional de sus conflictos laborales, y tanto los trabajadores de esta empresa como los riders que reparten para Delivero, Glovo, etc., han sido de los pocos [7] que se han puesto en pie para defender su salud y sus ingresos en medio de la pandemia del covid-19 que nos amenaza mientras escribimos estas líneas.

Estos ramalazos de organización sindical alentados por la necesidad atestiguan que el capital nunca encontrará la vía libre para hacer y deshacer a su antojo. Pero por mucho que valoremos la importancia de la lucha económica de los trabajadores cuando perciben que se enfrentan a un aumento de la explotación, estamos convencidos de que esto no es suficiente. Si no hay una elevación de la conciencia política, de la conciencia de clase, y eso no deriva en la organización política de los trabajadores, no vamos a poder dar la batalla al nivel donde se encuentra la lucha hoy día.

Las medidas a favor del capital y contrarias a los intereses del trabajo que hemos explicado en este documento no se están acordando en reuniones secretas en las que intervienen empresarios malvados de nariz afilada como el señor Burns. Son reuniones auspiciadas por la Comisión Europea, con documentos públicos con el membrete de la Unión, y en las que la participación española se presenta avalada por el ministerio de la Presidencia de un tal Pedro Sánchez. El mismo presidente Pedro Sánchez que se comprometió a finales del año pasado con las autoridades europeas a implantar la mochila austriaca en nuestro país para situar el déficit estructural de largo plazo al nivel que es compatible con el mantenimiento de los beneficios empresariales. Por supuesto que el Partido Popular y Ciudadanos contemplan medidas similares. Pero esto no hace más que reafirmar que la lucha es política, no económica. PSOE-UP, PP y Ciudadanos no son más que opciones intercambiables que situar al frente del Estado burgués, porque asumen y defienden el capitalismo, y solo se diferencian en las líneas de actuación que han elegido para gestionarlo. La pandemia actual habrá desarticulado para siempre ciertas estrategias elaboradas por sus “expertos” no muchos meses atrás, pero en estas semanas de encierro decenas de altos cargos, economistas, comunicadores y lacayos habrán estado teletrabajando para reorientar estas estrategias, salvar lo que se pueda, y también para hacer funcionar a su favor el brutal impacto económico y psicológico que van a sufrir las clases trabajadoras en los meses que se avecinan.

En estos momentos los trabajadores y las trabajadoras conscientes tenemos la obligación de transmitir a nuestra clase lo que está en juego. Tenemos que explicar al resto de la clase trabajadora cómo todas las medidas que se tomen en los próximos años serán medidas de salvaguarda del capital. Bajo ese prisma deberemos explicar qué son y a quién benefician ciertos conceptos que oiremos continuamente en boca de todos, tales como digitalización, flexibilidad, renta básica, mochila austriaca, etc. Los vamos a encontrar disfrazados bajo infinidad de nombres, y en los prolegómenos de la charla siempre dirán que son medidas encaminadas a que disfrutemos de una vejez decente, de una seguridad vital, etc. Apelarán a la necesidad de la unidad de todos para superar estos difíciles momentos, y los que ayer se desgañitaban contra el régimen del 78 hoy querrán reeditar los pactos de la Moncloa. Organizar a la clase trabajadora como clase independiente comienza por negar estos intereses comunes, ni interclasistas ni nacionales, que nunca lo fueron en época de “bonanza” y menos lo serán en momentos de “emergencia”.

Por Duval para Crónica de Clase

Notas

[1] Se recomienda leer dos críticas serias a las teorías de la conspiración sobre el coronavirus en los sitios web de Rolando Astarita y Marat:

https://rolandoastarita.blog/2020/03/31/interpretaciones-virus-conspirativas/

http://marat-asaltarloscielos.blogspot.com/2020/04/coronavirus-intereses-de-estado-y.html

[2] Duval, Crónica de Clase, “Robots, automatización y trabajo asalariado”:

https://cronicadeclase.wordpress.com/2019/07/16/robots-automatizacion-y-trabajo-asalariado-parte-i/

[3] Report of the High-Level Expert Group on The Impact of the Digital Transformation of EU Labour Markets. Abril 2019.

[4] Eduardo Luque en El Viejo Topo explica lo básico de la mochila austriaca:

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/pedro-sanchez-la-mochila-austriaca-o-el-arte-del-engano/

[5] Sobre la Renta Básica aportamos dos textos muy pedagógicos, uno de José A. Tapia y otro de Marat:

https://rebelion.org/el-capitalismo-la-renta-basica-y-podemos/

http://marat-asaltarloscielos.blogspot.com/2017/04/lo-que-no-te-cuentan-los-progres-cuando.html

[6] Pablo Iglesias abandona el término Renta Básica y ya solo habla de un “ingreso mínimo vital”

https://www.eldiario.es/politica/Pablo-Iglesias-trabajando-ingreso-posible_0_1013148728.html

[7] Reacciones de colectivos de trabajadores de Amazon (a nivel internacional) y de riders españoles ante las condiciones en las que se ven forzados a trabajar (o a no trabajar y perder sus ingresos) durante la pandemia de covid-19

https://cronicadeclase.wordpress.com/2020/03/25/los-beneficios-por-delante-de-la-seguridad-de-los-trabajadores-dentro-de-amazon-durante-la-crisis-del-covid-19/

https://cronicadeclase.wordpress.com/2020/03/30/raiders-x-derechos-nota-de-prensa-covid19/