La cartilla COVID, o cuando el capitalismo sólo te deja “ser leyenda”

El Gobierno de la Comunidad de Madrid ha anunciado su intención de crear un carné de superviviente a la infección, ellos lo llaman “cartilla COVID”. Sería una especie de cartilla sanitaria que concedería esta comunidad a una persona que haya superado la enfermedad o se haya efectuado una prueba médica que revele que tiene anticuerpos, lo cual significaría que la ha pasado sin saberlo.

Los medios progresistas se empeñan en criticar esta medida desde su nula validez médica, ya que no se ha podido demostrar todavía científicamente que haber pasado la enfermedad te libre de volver a sufrirla en unos meses. También es conocido el alto porcentaje de errores de los test, lo cual podría hacer constar erróneamente tanto que una persona ha pasado la enfermedad, como que no ha sido así. Cuando estos medios de comunicación terminan con los numerosos cuestionamientos médicos, no dudan en pasar al campo de la ética, donde también encuentran con toda razón buenos y sobrados motivos para criticar la medida.

El problema es que, en realidad, al Gobierno de la Comunidad de Madrid le traen al fresco tanto los motivos médicos como los éticos. Le importan tan poco como al Gobierno catalán, que ya evaluó una idea similar al principio del desconfinamiento. El interés real de esta medida no surge de planteamientos médicos o éticos, sino económicos, y tiene que ver con dejar actuar al mercado.

Si la Comunidad de Madrid le expide a un trabajador un documento que le otorga la apariencia de cierta inmunidad al COVID, dicho documento empezará a ser valorado por los empresarios, que pensarán que contratar a esa persona antes que a otra les causará menos problemas de baja por enfermedad, negativas a la movilidad, a los viajes, a las visitas a clientes, a requerir medios de protección, a trabajar junto a más trabajadores, etc. Dado que los asalariados competimos en un mercado -el mercado de trabajo-, en muy poco tiempo los trabajadores que buscan empleo se darán cuenta de que haber pasado la enfermedad te da ventaja para ser contratado.

Millones de trabajadores en el mundo entero han estado trabajando durante lo peor de la pandemia en empleos de alto riesgo para no perder un mísero salario que necesitaban para sobrevivir, por mucho miedo que pudieran tener a la enfermedad o a contagiársela a sus familiares. Enfrentarse a la elección entre una enfermedad mortal posible y un desahucio seguro no es una duda metafísica que uno se pueda plantear en frio; hay que estar en situación de sufrir realmente cualquiera de ellas para saber de lo que somos capaces. Que nadie dude de que con un desempleo del 25%, decenas de miles de trabajadores en Madrid estarán dispuestos a arriesgarse a enfermar con tal de obtener puntos para conseguir un empleo. En poco tiempo, trabajadores de otras comunidades autónomas estarían reclamando un certificado similar para poder competir con los que lo han obtenido en Madrid.

Si la medida se lleva a cabo, situará a la Comunidad de Madrid en la misma línea que han seguido los Estados Unidos de Trump o el Reino Unido de Johnson, la del fomento activo de la expansión de la enfermedad para que todos la hayamos pasado cuanto antes, dejando detrás de nosotros el rastro de muertes de aquellos que no tuvieron fuerzas para superarla.

¿Pero qué es lo que hace que la economía se hunda más y más en un pozo por el mero hecho de que la precaución ante la enfermedad haya reducido solo una parte de la actividad productiva y de consumo? Si los asalariados que siguieron trabajando durante el confinamiento pudieron producir todos los bienes de consumo necesarios -y no tan necesarios- que precisaba la sociedad en su conjunto para sobrevivir esos meses, ¿por qué ahora es necesario quemarlo todo, incluyendo la salud general, en la hoguera del mercado antes de que éste pueda comenzar a remontar el vuelo?

La razón no hay que buscarla en un concepto “general” de economía, de cualquier economía. Tal cosa no existe. Estas contradicciones son particulares al modo de producción capitalista, que es el preponderante a nivel mundial desde hace menos de doscientos años. En este modo de producción el objetivo no es satisfacer las necesidades de la población, sino la obtención del beneficio privado por parte de los propietarios de los medios de producción a través de la explotación del trabajo asalariado. El producir y vender bienes y servicios más o menos útiles es solo el proceso necesario que sustenta esta creación de excedente de la que ellos se apropian. Si de repente la producción se reduce en un porcentaje, habrá un número X de capitalistas que no podrán hacer crecer el capital con el que partían, algunos incluso pueden perder parte de él. Cuando les alcanza esta incertidumbre dejan de invertir, pues no confían en recuperar esa inversión incrementada. De esta suerte, otros capitalistas que esperaban atender esa inversión con la explotación de su propia fuerza de trabajo, también ven desaparecer la posibilidad de hacer crecer su capital, lo cual hace entrar a la economía capitalista en una espiral descendente.

Los gestores económicos y políticos del capital saben perfectamente cuáles son las reglas que éste impone, más allá de que en alguna situación desearan poder hacer las cosas de otra manera. Saben que no vale confinar la economía capitalista, pues por muy poco que se confine, ello supondrá una pérdida de beneficio que interrumpirá la siguiente ronda de inversión. Por eso su obsesión es la libertad de mercado, y su terror son las restricciones a ésta, ya vengan derivadas del establecimiento de protecciones laborales, de la necesidad de atender la salud pública o de salvar vidas de ancianos. No se trata de que haya políticos “liberales” que atiendan a estos principios y otros “no liberales” que no lo hagan, sino de que cualquier político al frente de un Estado capitalista, ya se llame Trump o Pedro Sánchez, debe terminar aplicando estas reglas, ya sea con descaro y asumiendo la confrontación, o escudado ante la proximidad del colapso.

Por eso la presidenta de la Comunidad de Madrid Díaz Ayuso, liberal descarada ella, apuesta por zanjar cuanto antes lo que para ella es una farsa, animando a los trabajadores a enfermar cuanto antes para pasar los supervivientes a la fase en la que compiten entre ellos por generar plusvalía para los empresarios.

Hay una desasosegante similitud entre esta historia y la narrada en la novela Soy Leyenda. No hablo de las varias versiones que ha realizado Hollywood, en las cuales el final fue cambiado para encajar mejor en los patrones comerciales cinematográficos. Quien quiera leer la novela de ciencia ficción de Richard Matheson que abandone este artículo aquí, pues en el siguiente párrafo voy a desvelar su final.

La novela relata la triste existencia de un hombre que ha sobrevivido a una enfermedad mundial, por la que todo el resto de los habitantes de la tierra se han convertido en una especie de vampiros. En uno de sus solitarios vagabundeos se encuentra con una mujer que parece estar sana. Cuando la historia parece dar un giro de esperanza, llega el terrible final. La mujer es en realidad parte de un grupo de infectados que han conseguido encontrar un tratamiento que les permite sobrellevar la enfermedad con cierta normalidad. El protagonista es condenado a muerte por este grupo, que no puede permitir que en su nuevo mundo, en el que la enfermedad es la norma, sobreviva un elemento desestabilizador -una mera leyenda- que representa a una realidad material que ya no existe.

Ya sea por la vía de Trump, la de Ayuso o la -más lenta- de Sánchez, el capitalismo conseguirá que el que no haya enfermado sea leyenda. La inexorable lógica del capital dicta que tenemos que jugarnos la vida a la ruleta rusa. Sin organización ni conciencia de clase, el hecho de que como asalariados necesitemos vender nuestra fuerza de trabajo para obtener nuestros medios de subsistencia nos irá doblegando uno a uno, ya sea como iluminados que se lanzan a por todas o como resignados que van al matadero. Si esta manera de gestionar una enfermedad te parece impropia del desarrollo esperable del siglo XXI, llevas toda la razón: así que organízate y lucha. Primero para mejorar nuestras condiciones aquí y ahora, por supuesto, pero sin perder nunca de vista que esa vía siempre chocará con el límite de no entorpecer la ganancia del capital. Sin un proyecto que tenga clara la necesidad de superar el modo de producción capitalista y establecer el socialismo, siempre nos acabaremos encontrando en callejones sin salida que cualquiera veía venir y nadie pudo evitar, llámense éstos crisis capitalistas, pandemias o cambio climático.

Autor: Duval